Emilio
Emilio

Hace semanas terminó el Festival Cultural. Con ello concluyeron las inauguraciones, los cocteles y las mil fotos de la espectacularización. Siguen los momentos para cerrar los actos sociales e ir como a las exposiciones dispuestas en cada uno de los museos de la capital del estado.

En el ex Templo de San Agustín está Interiores, de Kyoto Ota (Japón, 1948. Radica en México desde 1971. En ambos países realizó estudios profesionales). Según el programa oficial, allí se muestra “su proceso de inmersión en la reflexión y concepción de la energía interna, logrando crear las piezas escultóricas que hoy tenemos la oportunidad de apreciar, pasando por el uso de materiales como el hierro y diferentes metales para luego cambiar a tiras de madera ensambladas, teniendo como base la esfera y sus variantes, a la que considera como una forma ideal, con la máxima capacidad para guardar la energía, que al expandirse, la presión de la energía es equilibrada, logrando una sensación sanadora”.

El aprecio diletante a Interiores permite interrogar la concepción de arte de Kyoto Ota y el diálogo posible con los múltiples mensajes del artista y de las obras expuestas. En el silencio del espectador –sólo definido por la comprensión de arte- uno puede seleccionar una “escultura”, un caso puede ser El caparazón del tiempo (hierro colado o forjado, 2005) y preguntar qué se cubre o qué se desea saber ante la concha invertida que esconde el tiempo –el del espectador, el de la obra y del artista-…

Algo más

La influyente Asociación Zacatecana de Estudios Clásicos y Medievales, en palabras del doctor Luis Felipe Jiménez, así clasifican Latín vivo en el español: “Jesús María Navarro en este maravilloso libro, rompiendo con el tedioso formato a que nos han acostumbrado los manuales de gramática latina, revive aquella sabiduría, el significado y el sentido de una lengua que, lejos de estar muerta, sigue viva entre nosotros. De alguna manera, cabe tildarlo de socarrón y sardónico, pues, mientras nos creemos tan modernos, tan tecnológicos, con lujo de minuciosidad lingüística y filológica, el autor se encarga de estirar esos anchos pliegues del español actual, sorprendiendo a los incautos con que cada día hablamos y escribimos —mejor aún— componemos nuestra vida con las resonancias de un latín inconsciente de trasfondo”.


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