Emilio
Emilio

El sábado, en la capital de Zacatecas, concurrieron dos actos culturales relativamente diferentes: uno fue el concierto de ¡Vive la Ciudad! y otro fue el masivo para recordar al cantante don Antonio Aguilar. No sobra decir: ambos fueron financiados por el Instituto Zacatecano de Cultura, que sigue privilegiando a la capital del estado como sede de su política cultural.

En el ¡Vive la Ciudad!, sita en la Plazuela Miguel Auza, estuvo Sydney Valette. Con el concierto del francés se inauguró una etapa nueva y diferente del programa cultural, que pretende integrar y armonizar a distintos públicos urbanos. El acto tiene el aliciente que configura una alianza cosmopolita: conocer artistas franceses y percibir la cultura gala. Entre las estrategas culturales, además de la Alianza Francesa y el Instituto Zacatecano de Cultura (vía Dulce Muñoz), está Xóchitl Marentes, directora del Museo Manuel M. Ponce.

Por cierto, que Muñoz y Marentes estén involucradas en el proyecto de galización no es deliberado, ambas conocen y saben de la importancia de la transferencia e intercambio foráneo a localidades de tierra adentro como lo es Zacatecas. Ellas son muy profrancesas.

Con respecto al concierto homenaje a don Antonio Aguilar (fallecido hace 10 años y usted lo sabe: él fue actor, cantante y empresario de eventos vernáculos), éste fue en la Plaza de Armas. El lugar estuvo pletórico, como si fuese el gran festival cultural de Semana Mayor. El espectáculo lo ofrecieron Aída Cuevas, Guadalupe Pineda (sobrina de don Antonio), doña Flor Silvestre (viuda de don Antonio), Antonio Aguilar hijo y Majo Aguilar (nieta de don Antonio).

Para situar la importancia del concierto, dado en el marco del Festival del Corrido (idea creada por el anterior director del instituto, don Gustavo Salinas), la radio gubernamental lo transmitió; aunque con tal acto privó a los ausentes para que tuviesen una alternativa de consumo cultural.

 

Algo más

Con orgullo poco inusitado en el escritor Tryno Maldonado, éste presume en redes la reedición –segunda– de su novela Temporada de caza del león negro (Alfaguara, 2017). La leí hace tiempo, en la edición anterior y comparto lo que dice el magnífico escritor chileno Alberto Fuguet: “está destinada a ser un clásico de la novela latinoamericana alternativa”.


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