SERGIO SARMIENTO
SERGIO SARMIENTO

“El valle del Silicio es un estado de la mente, no una ubicación física”.

Reid Hoffman

 

Este pasado fin de semana se llevaron a cabo las ceremonias de graduación de la Universidad de Stanford, una de las más prestigiosas de Estados Unidos y del mundo. Pese a la uniformidad de las togas y birretes, los rostros de los alumnos exhibían una gran diversidad étnica y nacional. En las carreras de licenciatura, 6.5 por ciento de los estudiantes son de origen mexicano o chicano, 22.9 por ciento asiático, 7.8 por ciento afroamericano. Un 8.8 por ciento de los estudiantes de licenciatura son internacionales, porcentaje que sube a 33.5 por ciento en las escuelas de graduados.

No sorprende. Stanford ha nutrido de talento al valle del Silicio, el Silicon Valley que se extiende al sur de San Francisco, uno de los centros más dinámicos e innovadores de la economía de Estados Unidos y el mundo. El valle del Silicio exige habilidades y no pasaportes.

El valle del Silicio es ejemplo de los logros que puede alcanzar el sistema de libre empresa. Se especializa en actividades de alta tecnología y es hogar no sólo de grandes empresas que hoy dominan mercados globales, como Microsoft, Apple o Google, sino de cientos de firmas más pequeñas que construyen nuevos mercados a través de innovaciones. La zona recibe una tercera parte de la inversión de riesgo de los Estados Unidos.

Silicon Valley es también un triunfo de la globalización y de la inmigración. Las innovaciones tecnológicas no habrían fructificado de no haber tenido a todo un mundo como mercado, pero tampoco habrían sido posibles sin las aportaciones de empresarios e ingenieros provenientes de todo el mundo.

Según la National Foundation for American Policy la mitad de las 87 empresas del valle del Silicio con un valor superior a los mil millones de dólares en 2016 fueron fundadas por una o más personas nacidas fuera de los Estados Unidos. Un 71 por ciento tenían a inmigrantes en puestos ejecutivos cruciales.

La participación de los inmigrantes para la construcción de la prosperidad de los Estados Unidos ha sido enorme. Un porcentaje muy alto de las grandes compañías estadounidenses han sido fundadas por inmigrantes. Un inmigrante llega a un nuevo país con nada que perder y todo por ganar. Está dispuesto a tomar riesgos que no toman los nativos, temerosos de perder su lugar en la sociedad.

Por eso son tan preocupantes las políticas que está tratando de impulsar el presidente Donald Trump. Sus ataques al libre comercio y a la inmigración buscan destruir dos de los pilares de la prosperidad de Estados Unidos. De hecho, países como Canadá están ya tratando de aprovechar esta política suicida. Mientras el gobierno de Estados Unidos endurece los requisitos migratorios, como las visas H-1B para ingenieros y trabajadores especializados, Canadá acaba de dar a conocer un programa que agilizaría el ingreso de esos especialistas.

Las quejas de los políticos mexicanos a las prácticas migratorias de Estados Unidos no se ven reflejadas en las políticas públicas. Mientras que en Canadá el 20.6 por ciento de la población nació en el extranjero, en Estados Unidos la cifra es de 13.1 por ciento. Pero en México sólo el 0.9 por ciento de los residentes nacieron fuera del país. Nuestra política migratoria es poner trabas a la inmigración. Con razón no tenemos un valle del Silicio de innovación y prosperidad. No hemos entendido la importancia de la inmigración.

 

Mundo físico

La compra de la empresa Whole Foods por Amazon es indicativa de cómo los grandes gigantes del internet buscan incursionar en el mundo físico. La distribución de alimentos ha sido dominada hasta ahora por empresas tradicionales. Por eso el viernes cayeron las acciones de las cadenas de supermercados en Estados Unidos.

 

Twitter: @SergioSarmiento


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