Armando Fuentes
Armando Fuentes

“Todo en Texas es grande, señora”. Así le dijo el petrolero texano a la mujer que en el bar del hotel manifestó su admiración por el tamaño de su sombrero, que era de los llamados de 10 galones. “Y qué grande también tu hebilla” -añadió. “Señora –repitió el texano–, ya le dije: todo en Texas es grande”. No alargaré el relato. El tipo le invitó una copa a la mujer, y otra y otras. Acabaron en el cuarto del texano. Al iniciar el consabido acto él le preguntó a ella: “¿De qué parte de Texas me dijiste que eras?”. (No le entendí). Colombia es un hermoso país. Todos los países poseen muchas hermosuras, y además de sus mujeres también tienen sus mares y sus ríos; sus bosques y sus selvas; sus montañas; su artesanía y su arte; sus monumentos históricos y arquitectónicos. Colombia, sin embargo, es algo muy especial. Varias veces he estado ahí, y muchas más me gustaría estar. Desde los tiempos del bachillerato conocí a ese país a través de sus escritores. Me aprendí de memoria el fantasmal “Nocturno” de José Asunción Silva; me entristecí con la lectura de “María”, la novela –también algo espectral– de Jorge Isaacs; entré en el selvático mundo de José Eustasio Rivera; gocé las audacias poéticas de Porfirio Barba-Jacob, o sea Miguel Ángel Osorio, o sea Ricardo Arenales, o sea Maín Ximénez, y después leí completa la obra de García Márquez, creador de mundos increados; el Cervantes de nuestra época. De la Atenas de México –Saltillo– he ido a perorar a la Atenas Suramericana, la culta Bogotá (sus periódicos solían publicar en la primera plana noticias como ésta: “Cambian las reglas del gerundio”), y he hablado igualmente en Cali y en Cartagena de Indias. Bebí, claro, el oscuro café colombiano. Después, en Europa, probé otros famosos cafés, y todos me parecieron beige. Colombia es un hermoso país, vuelvo a decirlo, amable y amado por nosotros los mexicanos. Por eso sentí satisfacción, y más que satisfacción alegría, y más que alegría regocijo, y más que regocijo júbilo por la noticia de la terminación de las hostilidades entre el Gobierno y la guerrilla. Me conmovieron las imágenes de armas convertidas en instrumentos para el trabajo o para la canción. Me emocionó igualmente el apretón de manos que se dieron el Presidente Santos y el jefe de la FARC, Rodrigo Londoño, “Timochenko”, y las palabras de éste: “Adiós a las armas; adiós a la guerra; bienvenida la paz”, lo mismo que la frase del mandatario colombiano: “Jamás olvidaremos el día en que las armas se cambiaron por las palabras”. Con este feliz acontecimiento Colombia no sólo entra en el ansiado camino de la paz: también da una lección al mundo. La guerra más incivilizada es la civil. Nuestros hermanos colombianos han salido de esa pesadilla. Enhorabuena. Don Poseidón, granjero acomodado, fue con el médico veterinario. Le dijo que tenía un caballo de andar muy despacioso. No lograba hacerlo trotar, y menos aún galopar. El facultativo le entregó dos supositorios. “Póngale uno al animal –le indicó–. Si persiste en su lentitud aplíquele el otro”. Al día siguiente don Poseidón le informó al médico: “Le puse al caballo el supositorio, y de inmediato salió corriendo a gran velocidad. ¡Viera usted lo que batallé para alcanzarlo!”. Inquirió el veterinario: “¿Cómo lo alcanzó?”. Contestó don Poseidón: “Me puso el otro supositorio”. Una señora subió al atestado autobús seguida por su prole de ocho hijos. Ya no había asiento para ellos, pero la mujer vio a un hombre sumamente gordo que ocupaba él solo un asiento. Le dijo con enojo: “Si cerrara usted sus piernas yo iría sentada”. Contestó el robusto señor: “Y si usted hubiera cerrado las suyas todos iríamos sentados”. FIN.

 

MIRADOR

“. Cantando la cigarra pasó el verano entero.”.

¡Qué hermosa era su canción! Para escucharla se sosegaba el viento y el arroyo detenía su curso. En los árboles las aves dejaban de trinar y la zorra ya no perseguía al conejo.

La única que no oía el canto era la hormiga. Estaba demasiado ocupada en llenar sus graneros.

Llegó el invierno, y la cigarra no tuvo nada qué comer. El viento helado que congeló el arroyo la atenazó; sintió que iba a morir de hambre. Al verla así el viento se calmó y el arroyo calentó sus aguas. Las aves y la zorra le trajeron alimento.

En sus graneros la hormiga tiritaba de frío, y ni siquiera tenía una canción que le entibiara el alma. La cigarra tuvo compasión de ella y le llevó su canto.

Entonces todos estuvieron felices, menos el fabulista, que se disponía a escribir una linda fábula acerca del sufrimiento de la cigarra y de su muerte. La verdad es que los moralistas nunca están felices si alguien no sufre.

¡Hasta mañana!…

 

MANGANITAS

“. Un lobo y un cordero conviven en la jaula de un zoológico.”.

La paz supera al instinto,

cualquiera concluiría.

(No sabe que cada día

es un cordero distinto).


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