Alberto Chiu
Alberto Chiu

Lo que pasó ayer en la sede del Poder Legislativo de Zacatecas, cuando decenas de taxistas acudieron para exigir que se proteja particularmente a su gremio no sólo de hechos de violencia, sino también de que la competencia como el servicio proporcionado por Uber en la entidad, fue una manifestación, sí, que rayó en los excesos y excedió las formas más básicas del diálogo. Y me parece que así no se puede construir un consenso o llegar a un acuerdo.

Los trabajadores del volante, liderados por Héctor Bernal Gallegos -ex alcalde de Ojocaliente y hoy dirigente de la CNOP- usaron la violencia como forma de presión, destrozaron los cristales y dañaron la cerradura de la puerta de acceso a la galería superior del salón de plenos, para hacerse presentes en la “negociación” que sostenía Bernal Gallegos con dos diputados del bloque oficialista: Carlos Peña Badillo y Julia Olguín Serna.

No es ésta la primera vez que esa puerta es vandalizada, ya otros manifestantes la habían roto con anterioridad. No es la primera vez que un grupo de ciudadanos se meten, a la fuerza, a la galería superior. No es tampoco la primera vez que se exige a diputados locales la protección para tal o cual grupo en particular. Pero… ¿exigir como derecho el mantener el monopolio del servicio de transporte público de pasajeros? ¿Demandar que el gobierno ordene erradicar a una empresa? ¿Entregar corporativamente la promesa del voto grupal a un diputado, si les hace caso? ¿Señalar a otros diputados por “conflicto de interés”, suponiendo que son dueños de vehículos que operan en la plataforma de Uber?

A ver, si mal no recordamos, a lo largo de los años se ha dicho y presumido que muchas de las concesiones de taxi otorgadas sexenio tras sexenio han ido a parar a manos de funcionarios de aquellos -y estos- tiempos, así que ahí tal vez también habría conflicto de interés.

Que se sepa, nuestro país garantiza a todos sus ciudadanos la libertad de dedicarse a un trabajo digno y dentro de la ley, y hasta el momento la situación legal de la operación de Uber está precisamente sobre la mesa de discusión, como para que así como así sea sentenciada a desaparecer por instrucciones de los líderes de taxistas, o por el líder de una organización como la CNOP.

Según nuestras propias normas democráticas, el voto es unipersonal, libre y secreto, y eso de andar comprometiendo votos corporativos es más una práctica de un tal “viejo PRI” al que todo mundo recuerda, pero ellos no parecen querer dejar ir. La borregada en pleno, pues.

Es obvio que los taxistas se sientan vulnerados tanto por la inseguridad (hay que recordar que ya va más de una decena de choferes asesinados aparentemente por la delincuencia organizada), como por la llegada de un servicio similar que, dicen, les quita la clientela y por lo tanto el sustento.

Pero el chiste es que finalmente quien tiene la última palabra en la selección del servicio de transporte es el cliente, y éste decide si se sube a un taxi o le llama a un Uber, dependiendo de factores tan variables como el costo, la calidad del servicio, el trato del operador, la limpieza del vehículo, la disponibilidad de unidades, etcétera… y no es un secreto que, a decir de muchos usuarios, los taxistas salen debiendo en muchos de estos aspectos. Por supuesto que hay sus honrosas excepciones, y hay conductores de taxi decentes, correctos, amables, serviciales, limpios en su persona y en su vehículo. Pero quizás por unas cuantas manzanas podridas la llevan todos los demás.

Además, si ya hay en el Congreso una iniciativa que pretende regular la prestación de este servicio (que no es lo mismo que favorecer, sino poner un piso parejo para que compitan en igualdad de circunstancias), ¿por qué querer forzar a que dicha iniciativa se eche para atrás?

Lo más lamentable del caso, me parece, es la falta de control de la política interior en este asunto. La falta de interlocución del gobierno con los gremios (cualesquiera), para evitar la exacerbación como la que atestiguamos ayer en la “casa del pueblo”, que ni el pueblo respeta. Pero es que cuando falta mando y orden, cualquiera se erige en “salvador” de causas irrazonadas, y es entonces cuando la anarquía abre la puerta. Vamos a ver quién cede, y veremos entonces quién manda.


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