Tomás Mojarro
Tomás Mojarro

Yo no, señora Zavala, le decía ayer aquí mismo. Perdone mi exceso de suspicacia, pero yo no con usted, señora esposa del matancero ebrio (de ambición por seguir en la presidencia, que sería solamente del DIF). Yo no daría a usted mi voto, que ni por mal pensamiento imagino tenga usted los merecimientos para posar sus dos reales en el sillón de Los Pinos, con todo y el desprestigio al que lo han acarreado mediocres como el marido de usted.

La miro, López Obrador de masquiña, caminar el territorio, de Sonora a Yucatán, calentando motores para el 2018, y observo que en la rampante mediocridad de los lógicos candidatos (excepto López Obrador, él feliz poseedor de otros defectos), no destaca usted ni siquiera ante alguno de los chuchos del denominado “frente opositor”, o algo por el estilo.

No. Muy tiernita la veo para el puesto, y un riesgo más: usted bien conoce que los de arriba son aires enrarecidos (se me cruza la efigie de la Sahagún) que marean, trastornan y absorben el seso a aquellos que entre ser y tener, nada son, y como acto compensatorio ubican en el “tener” su sentido de vida. No creo que usted diese ese cambio atroz. La percibo madona de espíritu, que es decir de vida interior, decoro y la suficiente cultura como para no caer en los excesos de toda arribista. Pero usted perdone mi exceso de suspicacia, porque yo le pregunto: ¿se tantea con la suficiente autocrítica como para no ir a caer, ya estando allá arriba, en los alardes baratos, carísimos para mí y los demás, de la nueva rica? ¿Quién me asegura que ya logrado su intento no perderá cordura y decoro, y entonces aflore en público toda la zafiedad de otras que respiraron los aires radiactivos del poder, y exhiba usted la codicia de todas ellas y su desbozalada vulgaridad? ¡Mire usted cómo y de donde han llegado todas, si exceptuamos a la señora esposa del Tata Cárdenas, doña Amalia Alejandra Solórzano Bravo! ¿Qué tal si ya en pleno encandilamiento usted también por nunca haber sido, busca, como compensación, tener? Sus derroches los pagaríamos yo y la multitud de aturdidos que hubiésemos caído en su hechizo. ¿Qué nueva catástrofe va a ocurrir si le brotan, salpullido de la mediocridad, esos instintos rupestres, pedestres, de la arribista, y a lo compulsivo le da por figurar, por atragantarse de protagonismo y alumbrar su figura con todo el fulgor de todas las candilejas, y a mis costillas se rodea de lujos, derroches y toda suerte de alardes de nueva rica? Señora:

Usted tiene padres, tal vez, y también hijos y toda una familia. ¿Caerá usted también, como cayó la Sahagún, en la abyección de atascar de dinero ajeno a toda esa parentela? ¿Dará el dinero de mis impuestos al padre, al hijo, al Espíritu Santo, como lo dio esa señora que de atender una farmacia veterinaria saltó hasta la “cabaña presidencial” donde fungió de “pareja presidencial” y se regodeó en el onanismo mental de mandar a Fox a regentear el DIF? ¿Y acaso no es la misma intención suya, ubicar el DIF en manos del carnicero de las fosas clandestinas y los miles de cadáveres cuya secuela hoy, con un vacío de poder pavoroso en las instancias correspondientes, ya a estas horas ensangrientan el territorio patrio? Y a propósito, señora Zavala:

¿Qué razón me da de Matilde Gómez del Campo, co-propietaria que fue de la guardería ABC, de Hermosillo, Sonora?

(¿Qué?)


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