Tomás Mojarro
Tomás Mojarro

Que el volks cremita me dejó abandonado allá por el norte de la ciudad, conté a ustedes ayer, y que ya la cucaracheta inservible miré aquel mundo desconocido: barrio extraño, callejas desiertas, casas a oscuras. Del mercado cercano, ya cerrado a estas horas, me llegó un tufo a pudrición, coles rancias, Moreiras, Montieles, popó de ratas, ratas comerciantes, uf. De repente, a lo lejos, descubrí el pistojear de una lucecilla: la parada del autobús. Me le fui y a codazos logré una orilla del techo que protegía de las lloviznas nocharniegas. Me entreveré a los cálidos alientos del entrañable arrabal. El de la chazarilla azulenca:

– Chinche micro, que no llega. Y este mal tiempo, y pa joderla de acabar el móndrigo salario mínimo frente a la carestía: leche, tortillas, huevos.

– Deje los huevos en paz.

– En paz los dejé, que si no, ya anduviera con un cinturón de explosivos contra Los Pinos.

Alguno suspiró: “Vamos mal”. (Animas del minibús). Un bandazo de viento. La nalgoncita: “Y yo ensopada con la única sopa que he probado en todo el día. Creo que me voy a echar uno, áhi compermisito; ¡Ahhh.chís!

Yo me sequé la salpicadura en este cachete, miren. Junto a mi oreja, rancio el aliento: “No, y agárrense”.

– Yo así estoy bien -el del sweater magenta.

– Agárrense, porque todavía hay Peña pa rato.

Cruz, cruz. Me la persigné, observé, en la negrura, aquel foquillo de 30 wats con su pinta de lucero, y allá arriba aquel lucero con su pinta de foquillo de 30 watts. A lo lejos, fanales. ¿El autobús? Un Gran Marquís, que hecho la madre pasó sobre el charco y nos bañó el muy hijo de su gran marquís. “Me dejó más enlodado que administrador de Borge, Moreira o los pinches Duarte.

Suspiré. Pero de súbito el optimista que nunca falta y siempre sale sobrando: “Ya vienen tiempos mejores.”

(¿Que qué?) Silencio. En el cielo, un retumbo. Retador, el ventrudo: “¿Tiempos mejores con el Peñón de las Animas en Los Pinos? No joda.

Tres pedradas en la lámina del techo; uno me da en plena cara. “Y ora hasta granizo, pa acabarla de tiznar”.

– ¿Tiempos mejores con esa recua de malnacidos? (El de barba, arete y cola de caballo).

– Tiempos mejores. Lo sé de muy buena fuente.

Lo distinguí: joven dejaras de ser, y optimista por joven. Dior te oiga. Traté de subir un brazo para persignármela. Una chaparrita bustona: “¡Ora usté, viejo lépero! ¡Conrado, dile que vaya a tentárselas a la más venérea de su cantón, pinche ninfómano!

Qué pena. “Los buenos tiempos no tardan. Hay que estar preparados”.

El del morral oaxaqueño: “¿Es usté achichincle del recaudador que quita los dineros del mundo?

– Lo aseguró el mero trinchón, y él no falla.

– Chale, ¿Trump, Putin?

– El de más arriba.

– ¿Dios padre?

– Allá arriba, en Tacubaya. Se trata de un cuate mío que trabaja en el meteorológico. Que vienen tiempos mejores, me dijo.

– Pero ese no es Carstens. ¿Qué carajos va a saber de inflación y finanzas?

– Tiempos mejores en este clima. Que el clima se va a estabilizar, no que estas tormentas y estas inundaciones. Tiempos mejores, me dijo.

Silencio. Una ambulancia a lo lejos y ahí, de repente, la voz anónima del anónimo arrabal: “Bueno, sí, ¿pero ese del meteorológico no será achichincle de Peña, como Virgilio Andrade, los rucos de la SCJN y ese del INE, el Lorenzo Córdoba? Porque entonces sí ya estuvo que nos jodimos con este tiempos de perros.

Volvió el silencio. La negra noche tendió su manto.

(Suspiré.)


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