Tomás Mojarro
Tomás Mojarro

México y la justicia, mis valedores. Que por los rumbos de Puebla, dice la nota del domingo anterior, los lugareños ataron a un asaltante para entregarlo a las autoridades. Lo golpearon, mientras tanto, con palos y piedras hasta la muerte. ¿Cuánto pudo robar el infeliz? ¿Cuánto han robado los Duarte y compinches? Contra el raterillo, piedra y garrote hasta morir, y ahí brilló la justicia. Para los de allá arriba, en tanto, según la nota del pasado lunes: Busca EU la captura de Eugenio Hernández. A pesar de que en EU son prófugos de la justicia por acusaciones de lavado de dinero y narcotráfico, los ex gobernadores de Tamaulipas Tomás Yarrington y Eugenio Hernández se mueven libremente en México. Yarrington está libre a pesar de que desde 2012 tiene orden de aprehensión por delitos contra la salud”.

¿Qué es la justicia, entonces? Difícil de definir, y de la que más preguntas se han hecho filósofos, escritores y juristas, entre otros, aunque ninguno de ellos ha emitido un concepto que se considere universal. El jurista Hans Kelsen: No hubo pregunta que se haya planteado con más pasión o por la que se haya derramado tanta sangre ni tantas lágrimas, ni acerca de la cual hayan meditado con mayor profundidad los espíritus más ilustres. Pero ahora, como entonces, carece de respuesta.

La justicia, “A semejanza del concepto de libertad, el de la justicia, valor máximo de toda comunidad, encierra muchos significados, pero constituye, en esencia, el elemento vital para la vida de toda convivencia social. De esa manera las masas sociales coexisten dentro del orden con justeza, equilibrio y armonía; porque la justicia constituye la sangre de una comunidad, su savia y su oxígeno, pero ha sido la injusticia, para desgracia de pueblos y de individuos, la segunda naturaleza del ente humano desde su nacimiento, que lo acompaña hasta que deja de ser. Y es en la injusticia donde afloran los peores instintos de la comunidad, que entonces mal sobrevive en el miedo y el rencor, carente de un aliciente, de un proyecto de vida, de un mañana que le otorgue confianza y seguridad. Es entonces cuando esa comunidad es capaz de descender diversos escalones en la escala de lo humano y caer en el linchamiento, patología de la venganza que los que viven ajenos al fruto dulcísimo de la justicia nombra, a lo aberrante, hacerse justicia por propia mano.

La justicia. En el discurso oficial todos los sistemas de poder la convocan e invocan ante las masas sociales con un énfasis creciente cuanto más injustos son en sus hechos, pero ese valor es la suprema aspiración del ente humano, quien en su mundo de cotidiana injusticia la invoca e dealiza en comunidades imaginarias donde sus moradores se alimentan con el fruto dulcísimo de esa justicia. Así la Utopía de Moro, y las de Platón, Agustín, Campanella, Fourier, o su contrapartida en los infiernos terrenales de Orwell, Huxley y tantos más, donde la contraseña de la comunidad es la injusticia, la opresión, la represión. Trágico.

¿Qué puede ocurrir en una sociedad como la nuestra, cuyo aparato de gobierno perpetra las más injustas, impunes e inmunes formas de corrupción lucrativa e impune? Esa justicia tan difícil de definir y sobre todo de aplicar, ¿qué significa para esos sinvergüenzas en cuyas manos “hemos” puesto el gobierno del país?

Mis valedores: esta es la clase de justicia que aplican en México Arely Gómez, Virgilio Andrade y compinches de las instancias legales.

(Vomitivo.)


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