Tomás Mojarro
Tomás Mojarro

Y es como para preguntarse, mis valedores: ¿cuánto habrá cambiado nuestro país, cuánto pudo avanzar desde 1803, cuando lo visitó el Barón Alejandro de Humboldt? El resultado de su viaje quedó inscrito en diversos escritos, con reflexiones como esta que repiten los historiadores y esponja la vanidad de los pobres de espíritu:

“México es la ciudad de los palacios”.

Pues sí, pero mucho se guardan tales historiadores de citar otras opiniones del viajero ilustre, la mayoría negativas para nuestra casa común:

“México es el país de la desigualdad. Salta a la vista la desigualdad monstruosa de los derechos y las fortunas. La piel más o menos blanca decide la clase que ocupa el hombre en la sociedad.

Y una más: “Entre todas las religiones, ninguna enmascara tanto la infelicidad humana como la religión católica. Quien visite a los desafortunados americanos sujetos al látigo de los frailes, no querrá volver a saber más de los europeos y su teocracia”.

Hoy día, mis valedores, siglos delante de Humboldt, ¿cuánto habrá logrado avanzar el país en materia de valores como justicia, verdad, paz social, bienestar, seguridad, respeto a los derechos humanos y las garantías individuales e igualdad en el reparto de la riqueza, un país donde no haya ricos muy ricos y pobres demasiado pobres?

De habernos estancado en problemas como pobreza, desempleo, inseguridad, bajos salarios y otras muchas variantes de la corrupción desbozalada que obstaculiza la buena marcha de la nación ¿tales problemas vienen a ser causa, o son efecto de una fuente común? De ser así, ¿la causa podrá ser la carencia pobreza del país en materia de recursos naturales?

No, por supuesto, puede afirmar cualquier observador. Un país avanza en justicia, bienestar, igualdad y armonía social de forma proporcional no a sus recursos naturales, sino a la calidad de su educación. Ese es problema fundamental y la causa de todos los problemas secundarios que laceran el país. La educación pública, esa es la clave, la identidad nacional, el signo y el símbolo. Es por ello que comunidades con abundantes materias primas, pero con una educación deficiente, exhiben tasas muy altas de pobreza, desigualdad e injusticia social, en tanto que algunas otras sin esa riqueza natural, pero con niveles educativos de excelencia, registran espléndidos niveles de progreso, paz y justicia social y un aceptable ingreso per capita, sin acento. La educación pública, la clave.

Por cuanto a semejante materia que se imparte en nuestro país: hoy mismo diversas instituciones nacionales y de fronteras afuera han cuestionado el nivel educativo que advierten en México. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, por ejemplo, periódicamente formula informes reiterativos, demoledores la mayoría para un país al que en mala hora Salinas (¿lo recuerdan ustedes? ¿Habrán podido olvidarlo?, insertó con calzador entre los países ricos que integran tal organismo multinacional.

Y hablando de la OCDE: México tiene la tasa más alta de desnutrición infantil entre las naciones que la integran y ocupa el primer lugar en violencia física, abuso sexual y homicidios de menores de 14 años a manos de sus padres. Como en las familias existen carencias culturales muy graves, la limitación en el lenguaje impide la comunicación clara de sus ideas “y, por desgracia, se duele uno de los maestros, nosotros somos también el resultado de esa sociedad, de esas familias y de esas escuelas. Es por ello que sólo podemos transmitir eso mismo que aprendimos, aunque hay quienes, conscientes de esas carencias, buscan opciones para superarlas”.

(Sigo después.)


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