NATALIA PESCADOR | NTRZACATECAS.COM
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Zacatecas.- La historia de César Rincón fue digna de ser plasmada en una novela, su historia es única y es el ejemplo más vivo de que todos los sueños pueden cumplirse. La carrera del torero colombiano es única y su historia de vida es aún más especial, pues logró salir de la nada para alcanzar la gloria, y como él mismo lo ha dicho, “para tocar el cielo de Madrid con las manos”. Honradez, sacrificio, perseverancia, tenacidad y un corazón desbordado de entrega y pasión describen a Rincón, a lo que fue, hasta donde llegó y lo que hoy día sigue siendo.

La historia de Julio César Rincón Ramírez no podría entenderse sin una pieza fundamental, su padre, Gonzalo Rincón, quien se buscó la vida como torero, toreando en las plazas más alejadas de la mano de Dios, allá donde los toreros buscan, a base de entregar su vida, conquistar la grandeza, la cual muchas de las veces nunca llega.

Don Gonzalo, en propias palabras de su hijo, fue un romántico del toreo, y por ello permaneció en ella, después, organizando festejos taurinos con toros de media casta en los pueblos de Colombia, y más tarde, también se buscó la vida como fotógrafo, pero siempre en las cercanías de la fiesta.

Una vida llena de obstáculos enfrentó la familia Rincón, pero la fortaleza del patriarca mantuvo en navegación el barco, y gracias a ello se logró el milagro llamado César Rincón.

Don Gonzalo acompañó en esta travesía a su hijo, y hoy día sigue siendo la figura más importante de su vida; valió la pena las tardes duras, sombrías y de dolor para llegar a “abrir el firmamento”.

En entrevista con NTR, Gonzalo Rincón recordó cómo fue ese andar de la mano del maestro.

“Un día me dijo: padre, enséñame a torear, y ahí recordé cuando yo también tuve la misma inquietud, empecé sin saber nada, todo lo aprendí solo. Recuerdo que cuando llegué a Bogotá vi a un hombre con un capote y me preguntó si me gustaba, le dije que sí, y cuando me lo prestó, supe que era como abrir el firmamento. Desde ahí descubrí un concepto que nunca cambié, y es esa plasticidad que tenía el torear, y desde entonces nunca perdí el gusto por torear”, recapituló.

Don Gonzalo también caminó con el ejemplo que su padre le inculcó, y esa fue la disciplina, la cual aplicó en su vida y en cada una de las etapas profesionales que tuvo, y que por ende transmitió a sus hijos, y en especial a aquél niño de ocho años que le pidió lo guiará en el espinoso camino de convertirse en torero.

“Yo nunca tuve una persona detrás que me guiara, y cuando César me dijo eso, yo al otro día ya le estaba enseñando lo que sabía, le di un capote y recordé cuando lo tomé por vez primera, y también le pedí que lo sintiera, que se diera cuenta que ahí estaba inmerso un mundo por descubrir, y sobre todo le deje claro que si eso quería tenía que entregarse en cuerpo y alma; esos principio sé que le valieron para salir adelante”, expresó.

Desde entonces, se mantuvo cerca del andar de César, pero también con la distancia prudente para dejarlo fincar su propio camino. Nunca fue fácil, incluso la primera espada que tuvo César se acabó de tanto sacarle filo; el viento estuvo muchas veces en contra, pero la fe se mantuvo intacta, la misma que tuvo Don Gonzalo, aquella que le llevó a viajar de Bucaramangara a Bogotá con la certeza de que ahí estaba el principio de esta gran historia, y “viajé, no para buscar dinero, sino para buscar la gloria, la que a mí llegó a través de mi hijo”.

El diestro colombiano viajó a España y comenzó a fincar una exitosa carrera hasta que llegó la dura tarde de 1990 en Palmira, en tierras colombianas, justo cuando estaba en la cúspide de su carrera. Una grave cornada lo puso al borde de la muerte; “ese toro le partió la femoral y safena, y creí que era el final, que no sólo se acababa una carrera, sino la vida de mi hijo, todo se desvanecía, menos su manera de querer vivir. Pudo salir adelante y tras su empeñosa recuperación llegó a Madrid”.

Corría el año de 1991 cuando el colombiano se consagró como figura del torero, consiguiendo un hecho sin precedentes para la historia taurina de Las Ventas de Madrid, al conseguir en una sola temporada cuatro salidas por la Puerta Grande, suceso que a la fecha nadie ha alcanzado.

Rincón alcanzó la gloria y se mantuvo en la cumbre durante toda su carrera taurina, nunca desvaneció al sueño de aquél niño que nació de cuna humilde, pero alimentándose de las ganas de ser alguien importante.

Ahora, como torero en el retiro, no deja de amar la profesión que le dio todo, grande entre los grandes, sigue manteniendo la sencillez sin olvidar nunca de dónde vino y a dónde va, y mucho menos, quién estuvo ahí.

“Recuerdo que tantas veces escuché decir a aficionados que se sentaba cerca de mi en las plazas que era un torero que no sabía torear, que estaba loco, otros que era único, que era una figura, lo cierto es que tocó la cima, y nunca dejó de amar y respetar su profesión. Verle torear es como platicar con Dios y que le conteste…”, concluyó un padre orgulloso y un ejemplo de que la familia siempre será el pilar más importante.


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