Tomás Mojarro
Tomás Mojarro

Aquí, en la choza de varas, la joven Tonantzin aguarda, el corazón en la boca, la vuelta de su varón, guerrero que debe andar exhibiendo la gallardía del penacho multicolor en la guerra florida contra el tlaxcalteca

Madrugada de Anáhuac. Hace rato se oyó cantar el cenzontle. Por el lado del lago sopla un viento rumoroso a cañas y tierra desflorada. Aquí, en la choza de varas, la joven Tonantzin aguarda, el corazón en la boca, la vuelta de su varón, guerrero que debe andar exhibiendo la gallardía del penacho multicolor en la guerra florida contra el tlaxcalteca. Madrugada.

“Y Moctezuma, mi marido y señor, que no llega.”

Pupilas insomnes, la joven Tonantzin deja ir esas tensas miradas al exterior, al horizonte aquel de pirámides truncas, desparramadero de canteras con tigres, águilas y serpientes en bajo-relieve. Anáhuac.

“Ya amanece, y de mi marido y señor ni sus luces.”

Un son de teponaxtle a lo lejos. Aquí, la angustia de la desposada joven. “Que de la guerra florida vuelva ileso mi marido y señor.”

De repente, ¿y ese ruidillo? Ahí, junto al petate, un rumor solapado, unos pasos en sigilo, esa figura que avanza a lo subrepticio, con las sandalias en esta mano –en esta otra, perdón; es que mal se distingue en la penumbra del amanecer–. Azorada, Tonantzin se yergue, el puñal de obsidiana en la diestra:

– ¡Quién anda ahí!

-Soy yo, palomita torcaz, cálmate.

Un mal paso, un destanteo, la caída al suelo.

– Mi dueño y señor vuelve a su casa no como guerrero triunfador, sino como indio empulcado. Ah de mis dioses tutelares.

Moctezuma II, alias El Zacatón: “Se me pasaron las aguamieles. ¿Qué haces despierta a estas horas, florecita de cempazúchil?

Todavía tiernas entrañas, Tonantzin se echa a llorar al peso del desencanto. Conque la guerra florida era de tlachicotón.

– ¿Sabes, mi amor? Me entretuve con unos gachupines en la pulquería de aquí a la vuelta. Tuvimos una averiguata. Tiéntame las jetas. Me madrearon, cuilones y montoneros.

En la penumbra del amanecer en el valle de Anáhuac Tonantzin lloraba quedo y entre sí decía: “Vergüenza de briago y de cobardón. ¿Es este el varón en el que vine a depositar mi honra y honor? Ah dioses, mis dioses tutelares, dioses vencidos, vueltos cascajo.

México, medianía del XIX. Las cuatro en punto y sereno. La misa primera en la ermita de Animas. “Por los caminantes, oremos; por los que agonizan, por el romero extraviado y los hombres de mar. Por los cautivos, los solitarios y los caídos en tentación, oremos”.

Acá, por los rumbos de La Acequia, Callejón del Indio Triste, Tonantzin –pupilas insomnes, ojeras violáceas– aguarda la vuelta de su marido, militar de carrera, corazón bandolero. Sepa Dios si viva o muera a estas horas. Por los que viven en pecado nefando, oremos.

De repente, ¿y ese estrépito? ¡Acudan los criados! ¡Enciendan candelas! ¡A mí, que hay ladrones en casa!

– Cálmate, mi amorcito tirano, cuáles ladrones. Soy yo, tu señor.

Y sí, descubierto a media escalera cuando subía a lo subrepticio –la única bota en la diestra, la pata postiza en suspenso, las dos posaderas, abundosas, en el escalón–, mi señor general don Antonio López de Santa Anna, que en fechas recientes se ha mandado apodar Su Alteza Serenísima, puja por levantarse del escalón donde fue a resbalarse.

– Sh, cálmese mi reinita del palenque. Soy yo, tu mandón.

– ¿De la batalla de El Álamo viene herido mi señor?

-Cuál batalla, cuál herido, cuál Álamo. Lo que me entretuvo fue un asunto de bisnes. Franquicias. Yo, como tu apoderado legal, he agregado algunos oros al patrimonio familiar, mi reina de la gallera, mi sota de oros.

– Ah, vendepatrias, padre de vendepatrias futuros.

(Esto sigue mañana.)


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