Tomás Mojarro
Tomás Mojarro

Un terror que se transformó en instinto criminal; de asesino, de genocida, de un Trump aborigen. Al más puro estilo del Pentágono gringo recurrí al de grueso calibre

 

Señor Peña: una vez más, como siempre que revientan nuevas pústulas purulentosas en el organismo gubernamental que preside usted, como hoy la de un tal Emilio Lozoya (¿lo conoce usted?) presuntamente corrupto como presuntamente lo es Arturo Montiel (¿usted lo conoce?) me permito relaatarle cierto incidente casero que me ocurrió tiempo atrás, cuando mi única, telilla del corazón, andaba bebiéndose los vientos, los cantos, el agua y las frutas del Istmo de Tehuantepec, su querencia. Fue entonces cuando los huéspedes repugnantes invadieron mi depto. de Cádiz y se instalaron en él. Asqueroso.

Porque ocurrió, señor Peña, que cierta noche en que andaba yo preparándome un par de huevines con bayos gordos en esa cocina limpísima que dejó mi Nallieli antes de echarse a los caminos del sur –del sureste–, vi que de repente, válgame, ¿y eso? Frente a mis ojos cruzó en tizniza, sobre la blanca tersura del trastero, aquella a modo de cáscara de palo viejo, que en carrera de vértigo se fue a perder en alguna hendeja del tinajero. Mera ilusión de óptica, pensé entonces, y a los bayos agregué una raja de piquín, dos rodajas de cebolla y tres barañas de orégano del cerro. ¿No se le hace agua, señor?

Pero ándele, que las ilusiones de óptica, con patas y barbas de este tamaño, mire, de un día para otro crecieron y multiplicáronse de tal modo que en cosa de días se habían posesionado de mi cocina. Chinches bichos, pensé, ¿cómo darían conmigo esas cucarachas? ¿Por qué invadirían mi cocina y la harían su Iraq particular? Me puse a reflexionar y caí en la cuenta: el inquilino recién llegado, que con su equipo de sonido monumental y su monumental gusto pésimo para la música, con su menaje de casa había acarreado las primeras crías. Tal como el conde don Julián, agraviado porque a su hija la Cava se la violó el rey Rodrigo, abrió en venganza a los moros las puertas de España, así el vecino abrió el edificio de Cádiz a la invasión de las cucarachas. Nauseabundo.

Y así, como es costumbre en mi casa, pasaron los días, y las noches llegaron, y ocurrió que este desdichado, al disponerme a preparar la merienda del mexicano bajo el modelo neoliberal, galletas de animalitos con café negro, todo era encender la luz y. ¡llévame la retiznada con la estampida de cucas!

Y nada, que me senté en la postura de El Pensador, meditando que tal es mi destino en el mundo, combatir cucarachas de todo tipo, alzada, peso y color. Y a delinear la táctica e iniciar la madre de todas las batallas.

Primero, como acostumbro con cucarachas políticas, periodicazos; pero no, que como con sus congéneres pri-panistas, con las de mi cocina fracaso total, que el cucarachero resultó inmune al periódico. Mortificante.

Segunda etapa: polvos venenosos. En un principio se los disimulé con queso gruyere; las cucas devoraban el queso y, burla cruel, dejábanme los polvitos. Luego, cuestión de gastos, los polvos los espolvoreé en queso del país. Las cucas, mofa sangrienta, se comían los polvitos y desechaban el queso nativo, y seguían creciendo, multiplicándose y mandándose hasta la cocina.

Yo, aquel terror a la metástasis, y que zona de trabajo, habitación y biblioteca las fuesen a tomar de Líbano, Iraq y Afganistán; un terror que se transformó en instinto criminal; de asesino, de genocida, de un Trump aborigen. Al más puro estilo del Pentágono gringo recurrí al de grueso calibre.

Con ese grueso, señor Peña, seguiré mañana. (Conste.)


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