Tomás Mojarro
Tomás Mojarro

Muy poco me duró el gusto, porque a la siguiente noche la primera sobreviviente del Hiroshima doméstico cruzó en tizniza frente a mi chipocle ya enfrijolado

 

Le hablé ayer de la plaga de cucarachas que infestó mi cocina, que a la invasión de los bichos más parecía jacalón de San Lázaro, bunker de concanacos y similares o constructoras extranjeras contratadas por usted. Nauseabundo.

Mi sino, señor, es combatir cucarachas a periodicazos. Como sus congéneres de dos patas, estas resultaron inmunes al papel impreso, como también a los polvos venenosos que les espolvoreé sobre cachos de queso gruyere; las muy ladinas se comían el queso y me dejaban los polvos; después les deposité los polvos sobre queso mexicano; ellas, burla sangrienta, devoraban los polvos y me dejaban el del país. Ya vencido por las invasoras, al teléfono, y el fumigador:

– Se las exterminamos. Ora que acabar con el cucarachero le va a costar uno y la mitá del otro. ¿Cubre los gastos?

IVAs, cargos, recargos y sobrecargos, impuestos y sobreimpuestos. Y qué hacer, sino resignarse a lo peor: “Tendremos que desocupar el depto., durante unos días”, advertí a mi primo el Jerásimo, licenciado del Revolucionario Ins., al que tengo y mantengo como arrimado.

Y allá vamos a casa de un mi pariente por parte de madre, que con abrazos salió a recibirnos y en 48 horas ya nos había corrido 6 veces. Y a Cádiz.

Inquisitivo, fui abriendo la puerta. ¡Genocidio descomunal! ¡Ni las hordas de Trump y todos los Bush! Un tendedero de cucas damnificadas, señor Peña, que haga de cuenta víctimas del modelo neoliberal: fallecidas por aquí, muertas de hambre por allá, difuntas por dondequiera, y aquel hedor de las armas químicas de destrucción masiva. Fui y abrí las ventanas, y que entra a borbotones el otro hedor: smog y materias fecales suspendidas en el aire. Me puse a barrer. La cocina, otra vez limpísima. Bien.

¿Bien? ¡Bien madres, con perdón! Muy poco me duró el gusto, porque a la siguiente noche la primera sobreviviente del Hiroshima doméstico cruzó en tizniza frente a mi chipocle ya enfrijolado, y detrás otra, y otra más, y docenas de ellas. “Mexicano tenías que ser, ángel exterminador tan pacotón”. Y que me prendo al teléfono, y que miento leyes y proges, campechaneadas, y que el técnico se apersona en el lugar de los hechos:

– ¿Y cómo se las voy a exterminar, si el de junto se las redama para acá?

– Fumigar el de junto, la solución.

– ¿Y no son un hervidero las de la estación policiaca de la otra esquina, que surte de cucas al expendio de velas, veladoras y aceites milagrosos de junto, el que las recomparte con el sanatorio espantacigüeñas de al lado. De ahí llega la migración al restorancito, que vive atascado de un animalero que luego manda en peregrinación al templo de Juditas Tadeo, grifo del arroyo de cucas que  va a desembocar en el burdelito de aquí a la vuelta, animalero que se le trepa aquí al vecino cuando él  va a treparse a.

– No entiendo su lógica.

– Porque se hace pendejo. ¿Acaso no sabe que México entero está hirviendo de cucarachas?

– ¡Pues ultimadamente déjeme ahogarme en este animalero de miércoles! (Era jueves.)

Y ya, señor Peña. Yo, infestado de bicharajos, nomás me quedé pensando: ¿podría algún poder exterminar este enjambre de cucas que nos ventosean los de la Unión, los presidentes y expresidentes, gobernadores y exgobernadores, los oligarcas canacos, concanacos y concamines, el periodismo y la industria “religiosa” de Norberto Rivera con todos los acólitos de Romero Deschamps? Ya estoy temiendo, Señor Peña, que la metástasis va a terminar infectando los cárteles del narcotráfico.

(Uf.)


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