Tomás Mojarro
Tomás Mojarro

La industria del periodismo enfervoriza a las masas: ¡Todos a las armas! ¡Gasolina y hachón! ¡Contra Maduro y López Obrador! ¡Trump lo quiere!

 

 

En el siglo XI Pedro el Ermitaño enfervorizaba a los caballeros: ¡Todos a las armas! ¡A liberar el Santo Sepulcro! ¡Dios lo quiere!

Hoy, la industria del periodismo enfervoriza a las masas: ¡Todos a las armas! ¡Gasolina y hachón! ¡Contra Maduro y López Obrador! ¡Trump lo quiere!

Y la masa, obediente, se apresta al linchamiento que le exigen los medios de acondicionamiento social. El hombre-masa, afirma el filósofo, cree que la civilización en que ha nacido es tan espontánea y primigenia como la naturaleza, e ipso facto se convierte en primitivo.

El hombre-masa, mis valedores, que es decir ese mediocre que somos todos, si exceptuamos al idealista.

Todo en el mundo gira alrededor de las masas. Los sistemas fascistas, los gobiernos autocráticos, los partidos políticos, los organismos sociales y los credos religiosos. Todos ellos gravitan en derredor de esas masas que para el socialismo sólo sirven para gobernar, y para el capitalismo sólo para ser gobernadas, pero unos y otros sistemas de dominación se viven ensalzando al rebaño de perplejos, como lo llama Noam Chomnsy, catedrático norteamericano. Es así como por asuntos de medro personal y de grupo los sistemas de poder han terminado por convertir el elogio de esos rebaños en una profesión lucrativa. Qué distinto el varón de ideales…

Único, irrepetible e impredecible es el ser de excepción que al margen de la masa conserva su calidad de individuo, ese que rebelde a la mediocridad, dice el estudioso, rehúsa la vocación de esclavo. Carácter, inteligencia, personalidad, el individuo de ideales es capaz de pensar, de crear estrategias, de avanzar solo, a acierto y error, por caminos que abre al andar, como jura Machado.

Pero suele ocurrir que en ocasiones ese mismo individuo, por el peso de la soledad del que avanza sin más compañía que la del propio ideal, llega a rendirse y se integra a la masa de entes todos idénticos entre sí. Desciende entonces varios peldaños en la escala de la civilización; su alma individual se diluye en el alma colectiva y sus pensamientos y acciones, al ser de la masa, son ahora impulsivos, tornadizos, viscerales, irreflexivos. Su actividad intelectual se ha erosionado en la misma medida en que se acrecentó su irracionalidad. El individuo se tornó bárbaro y es arrastrado por los movimientos espontáneos y la violencia, la ferocidad, el entusiasmo y el heroísmo de los seres primitivos. Lo heterogéneo del individuo se ha convertido en lo homogéneo de la masa, tan bien trovada por los demagogos. Lóbrego.

En fin, que ya en su nueva calidad de componente de la masa el individuo fácilmente sacrifica su interés personal ante el interés colectivo. Ha perdido su personalidad consciente y sólo obedece los ordenamientos del patriarca al que la masa buscó para, a lo visceral e irracional, acatar su liderazgo. Al líder el individuo lo ataca; la masa lo acata; en él mira a su santón, su mesías, su iluminado; todo porque la borregada es simplista y procede de acuerdo a la psicología del niño, y como él vive dando preferencia a lo fantástico sobre lo real, y quiere ser sometida por la fuerza y la violencia; porque necesita tener y mantener a su amo y ser dominada y subyugada por él. Ahí el éxito del caudillo, de los fascismos, de los falsos profetas, que tanto abundan en el mundo.

¿Qué fue, entonces, del varón de ideales? Ya en cuanto masa a linchar, lo mismo al raterillo del barrio que a Maduro y a López Obrador.

Masas. (Uf.)


Los comentarios están cerrados.