Armando Fuentes
Armando Fuentes

Habilidad y prudencia necesitan nuestros negociadores para tratar con sus homólogos norteamericanos, pero también se requiere una buena dosis de firmeza a fin de preservar el interés nacional frente a las irracionales acometidas del soberbio magnate a quien en mala hora los vecinos eligieron como su presidente

Facilda Lasestas, joven mujer que a nadie negaba nunca un vaso de agua –era de cuerpo complaciente–, salió una tarde con un hombre casado, y juntos fueron a un motel de los llamados de corta estancia o pago por evento. Cuál no sería la sorpresa de ella cuando ya los dos en traje natural, quiero decir sin ropa, advirtió en el momento de empezar el trance erótico que el tipo tenía tatuada en el bálano la figura de una cigüeña en vuelo que llevaba en el pico un bebé. El individuo notó el asombro de Facilda y la tranquilizó: “No hagas caso, preciosa. Es una idea de mi mujer dizque para desanimar a mis amigas”. Babalucas era el ayudante del herrero del pueblo. Le dijo éste: “Tengo en el yunque una barra de metal al rojo vivo. Cuando mueva la cabeza le das con el mazo lo más fuerte que puedas”. Movió la cabeza el forjador. Ahora Babalucas es el herrero del pueblo. La secretaria del Lic. Ántropo le dijo: “¡Buenas noticias, jefe! ¿Se acuerda de los casados que vinieron ayer para que usted los divorciara? ¡Bastó que les dijera cuánto cobra para que se reconciliaran!”. Noche de bodas. Terminado el trance que consuma el matrimonio la novia le comentó a su flamante maridito: “Mi mami me dijo que esta noche me darías una sorpresa muy grande, pero, la verdad, no me pareció tan grande”. Un piel roja estaba parado al borde de un hondo precipicio. Llegó por atrás otro indio, uno que gustaba de las bromas prácticas, y lo empujó; pero el mismo tiempo lo detuvo tomándolo por la cintura para que no cayera. Le preguntó luego, burlón: “¿Te asustaste, Lobo Gris, hijo de Viento Veloz?”. Respondió el otro hecho una furia: “¡Sí me asusté, Oso Negro, hijo de tu tiznada madre!”. La verdad, la verdad, la verdad –y más verdades se podrían añadir– es que nuestro mercado natural, tanto para comprar como para vender, es Estados Unidos. La geografía, cosa de la naturaleza, y la historia, creación humana, nos imponen una forzosa cercanía que tanto los vecinos como nosotros hemos de reconocer como inevitable. Eso de buscar mercados en Samarcanda o Timbuctú suena muy bonito, pero es empresa riesgosa y complicada. Por eso debemos esperar que en las negociaciones sobre el TLC el factor geográfico sea tomado en cuenta como punto de partida y cimiento de las conversaciones, pues constituye una realidad ineluctable que nadie, ni siquiera el desquiciado Trump, puede alterar. En mi ciudad, Saltillo, estamos con el Jesús en la boca y con el alma en un hilo; al punto del soponcio, el susidio, el telele o el patatús; con el temor de que por causa de la inquina que contra México tiene ese loco entre en crisis la industria automotriz local, de la cual depende en buena parte nuestra economía. Habilidad y prudencia necesitan nuestros negociadores para tratar con sus homólogos norteamericanos, pero también se requiere una buena dosis de firmeza a fin de preservar el interés nacional frente a las irracionales acometidas del soberbio magnate a quien en mala hora los vecinos eligieron como su presidente. Recuerdo en este punto una devota oración que todos los mexicanos deberíamos estar rezando ahora, sobre todo nuestros representantes, para enfrentar a Trump: “Oh, Señor, Señor, Señor. / Mándame pena y dolor. / Mándame males añejos. / Pero lidiar con pendejos, / ¡no me lo mandes, Señor!”. Una mujer llegó muy alarmada a la consulta del doctor Ken Hosanna. Presentaba el más raro fenómeno que el médico había visto a lo largo de su extensa práctica profesional: sus bubis (las de la mujer) estaban erectas, levantadas, tiesas; apuntando hacia arriba. “¡Pero, señora! –le dijo el facultativo, consternado–. ¡Las pastillas azules que le di ayer eran para su marido!”. FIN.

MIRADOR.

Llegó un número y me dijo:

-Soy el número uno.

He conocido a muchos que dicen ser el número uno, de modo que le pregunté:

-¿Cuál de todos los números uno es usted?

Me contestó, altanero:

-Soy el número uno número uno.

No quise contradecirlo, por más que sé que el hecho de que alguien diga que es el número uno lo descalifica ipso facto para ser el número uno. Nadie que sea en verdad el número uno se jacta de ser el número uno. Le dije:

-¿Puedo servirle en algo?

Respondió:

-Diga a todos que soy el número uno.

-Está bien -le prometí-. Se lo diré al próximo número uno que venga a decirme que es el número uno.

¡Hasta mañana!…

 

MANGANITAS.

“. Anda mal el futbol mexicano.”.

La prensa especializada,

ante la falta de gol,

dice que nuestro futbol

anda hoy de la patada.


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