Armando Fuentes
Armando Fuentes

Me pregunto cuál de las dos acepciones, la de “astuto, taimado” o la de “falto de honra y vergüenza”, le vendrá como saco a la medida a alguno de nuestros políticos, ésos que se valen de toda suerte de añagazas para burlar la legislación electoral –que a tantas burlas se presta– y hacer campaña sin que se les pueda acusar de hacer campaña

Susiflor se iba a casar. Les contó a sus amigas: “Mi padre quiere que la boda sea en julio; mi mamá opina que debe ser en septiembre, y mi novio pide que sea en Navidad. Por su parte mi ginecólogo sugiere que sea cuanto antes”. Armando Jiménez, de Piedras Negras, es uno de los muchos ilustres personajes que Coahuila ha dado a México. Desdeñó el desdén que los intelectuales de pipa y guante sentían por lo popular y sacó a luz, en medio de tanta solemne oscuridad, el que es quizás el libro más vendido en la historia editorial de este país: “Picardía mexicana”. Conservaba entre sus más preciadas posesiones una hoja de cuaderno en que Pablo Neruda escribió de puño y letra lo siguiente: “Sr. Armando Jiménez: Habla usted perfectamente el español. 1957. Pablo Neruda”. Ahora que se cumplen 60 años de ese autógrafo viene a cuento su historia. Mi tocayo estaba en Moscú, becado por el gobierno de la Unión Soviética. Asistió a una recepción en el Kremlin en la cual el invitado principal era el poeta. Ansiaba acercarse a él y saludarlo, pero se lo impedía el compacto grupo que rodeaba al autor del “Canto general”. Advirtió en eso que Neruda había vaciado su copa y buscaba con la mirada a un mesero para pedirle otra. Armando –quienes llevan ese nombre son por lo general personas de singular ingenio– le pidió a un camarero su charola de bebidas y bocadillos, que el hombre le entregó con proletaria sumisión. Fue Jiménez hacia el poeta y le dijo en español: “¿Qué desea tomar, caballero? Tengo vodka, whisky y ron. ¿Le apetece al señor un bocadillo? Los traigo de caviar, de arenque y de paté. Permítame manifestarle que conozco su obra y soy su más profundo admirador”. Al poeta le impresionó el buen decir del mesero, a quien suponía ruso. Le dijo: “Habla usted perfectamente el español. ¿Dónde lo aprendió?”. “Aquí mismo, señor, en la Universidad. Y le agradezco su amable comentario. ¿Sería mucho atrevimiento pedirle que me lo dé por escrito?”. Sonrió Neruda, y en una hoja de cuaderno que el mismo Jiménez le alargó se dispuso a escribir la declaración. “Por favor –le solicitó el mexicano–, ponga mi nombre en su versión española. Suena más o menos así: ‘Armando Jiménez'”. Lo hizo el escritor. Y de ahí en adelante, cuando alguien criticaba al coahuilense por su manera franca de hablar el castellano, él le mostraba el manuscrito de Neruda y le decía: “Entérate, cabrón. Y esto lo dice alguien que conoce el idioma, no un pendejo como tú”. La Academia de la Lengua da una severa definición de “pícaro”: “Bajo, ruin, doloso, falto de honra y vergüenza”. Añade luego en modo más morigerado: “Astuto, taimado”. Con la primera descripción cuadra la frase “puñalada de pícaro”, pero nos resistimos a aplicar esos duros calificativos a entrañables personajes de la picaresca como el Lazarillo de Tormes o Gil Blas de Santillana. Me pregunto cuál de las dos acepciones, la de “astuto, taimado” o la de “falto de honra y vergüenza”, le vendrá como saco a la medida a alguno de nuestros políticos, ésos que se valen de toda suerte de añagazas para burlar la legislación electoral –que a tantas burlas se presta– y hacer campaña sin que se les pueda acusar de hacer campaña. Y otra cosa me pregunto, que hace tiempo no me preguntaba: ¿cuál es la capital de Dakota del Sur?… Los jóvenes recién casados tuvieron una discusión –nube de verano–, y por primera vez se fueron a la cama sin darse las buenas noches. Tan pronto él apagó la luz su mujercita se le arrimó, mimosa, y le puso la mano en la entrepierna. Preguntó él: “¿No dices que estás enojada conmigo?”. “Contigo sí –replicó la muchacha–, pero con ella no”. FIN.

 

MIRADOR

Serena y luminosa era la tarde.

Así, lleno de luz, tranquilo, ha sido el atardecer de Juan Martínez Tristán, cuyos 90 años festejamos este pasado sábado en Saltillo.

Juan es poeta, igual que otros esclarecidos Juanes: el de Taxco; el de Platero; el de la Cruz. También es músico: toca admirablemente el piano, que aprendió sin más profesor que su talento. Otra locura tuvo: la de ser maestro de banquillo. Fue a Reynosa, Tamaulipas, a enseñar por un año y se quedó 40. Luego su amigo y compañero de escuela Eliseo Mendoza Berrueto, buen gobernador de Coahuila, lo invitó a volver a su ciudad a realizar tareas de cultura. Ésa fue una de las mejores obras de su administración.

No hay quien haya conocido a Juan que no lo quiera. Su franciscana humildad no alcanza a ocultar su sabiduría. El mayor don que posee, sin embargo, es la bondad. Por eso su familia, sus alumnos de ayer y sus amigos nos congregamos en su torno para darle las gracias por haber enriquecido con su vida nuestras vidas.

Vivió muchas tormentas Juan Martínez, y todas las venció. Ahora, lúcido, generoso, nos sigue dando su poesía y su amistad. Que viva muchos años más. Él lo merece. Nosotros lo necesitamos.

¡Hasta mañana!…

 

MANGANITAS

“. Pasó un dañino ciclón por Texas.

Con intención socarrona

comentó cierto señor:

“Otro ciclón mucho peor

pasó antes por Arizona”.


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