Emilio
Emilio

En la entrega anterior señalé a Joel Flores Lechuga como un actor cultural señero en Zacatecas. Hay un episodio viejo, casi olvidado, que me es simpático: siendo un novel escritor polemizó con el bonachón de Arturo Nahle, quien, siendo procurador del estado, en un acto de proselitismo muy suyo, publicó un libro de algo. Joel le recriminó que usara tiempo de la función pública y quizás recursos gubernamentales para el acto cultural de presentar un libro en un bar del bulevar. Nahle respondió en su estilo.

Hoy día, Nahle es un discreto magistrado y Joel es más un escritor y es menos declamador en los escenarios de la región.

Viene a cuento la anécdota porque recientemente me prestaron el libro El sexenio de la corrupción, de Soledad Luévano. Ya lo leí y, créame, si no hay cortesía debida, no es un objeto necesario para el debate de las ideas y la política.

El sexenio de la corrupción es un autogol. El folleto o libelo no tiene pie de imprenta –hace mal uso de tipografía debidamente registrada; no indica qué taller lo hizo y si por ello hay debido pago–. El documento está atestado de faltas de ortografía, tipografía, créditos en las imágenes. En fin, es un libro que muestra el perfil de una alternativa cultural indeseable.

 

Algo más

En lo que fue el Palacio de Gobierno y ahora es un edificio abierto para turistas despistados, el maestro cronista organiza un encuentro con cronistas del otro mundo (Europa), algunos invitados de su república (México) y de Zacatecas (él e incondicionales). Ojalá la reunión no esté llena de obviedades; ojalá, porque su función es sufragada con el erario.


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