Alberto Chiu
Alberto Chiu

Durante muchos años, los cuadros más distinguidos de los partidos políticos (todos) se la pasaron echándole tierra a quienes militaban en los demás partidos, en una “guerrita” de todos contra todos, tratando de jalar agua (entiéndase votos) para sus respectivos molinos. Luego, comenzamos democráticamente con ese experimento de las famosas coaliciones o alianzas, en las que nos encontramos con las uniones del agua y el aceite, o con las definiciones de luchas de “todos contra uno”, con el mismo fin: jalar agua para sus milpas.

Ahora, viene una nueva modalidad democráticamente desconcertante para muchos: la unión de muchos desplazados (voluntaria o involuntariamente) de los partidos, para conformar una amalgama –o más bien capirotada– de personajes con cierto renombre, con el afán de hacer a un lado a los partidos y… sí, adivinó usted, jalar agua para ellos mismos.

Ayer se llevó a cabo una reunión bastante sui generis en un conocido hotel de la capital, del llamado hasta ahora Frente Amplio por Zacatecas, en el que igual convergieron Pedro de León Mojarro (¿partido?) que Jaime Santoyo Castro (priísta, sí), Lorena Oropeza (panista), Cuauhtémoc Calderón (¿eh?)… y un limitado pero interesante etcétera de personajes de la política local.

En esta reunión donde, según se dijo, se pusieron a discutir (es un decir) las ventajas y desventajas de contar con un gobierno de coalición, llamó por demás la atención la presencia del ex procurador de justicia y hoy magistrado del Tribunal Superior en la entidad, el riograndense Arturo Nahle García (¿monrealista?), con una exposición muy a su estilo y a su aire, y uno se pregunta qué andará buscando en estos asuntos.

Y es que cuando uno escucha que esa amalgama tan peculiar está buscando dar con los lineamientos precisos para armar un gobierno conjunto, de coalición, no deja uno mismo de preguntarse si para hacer eso ya consultaron a sus respectivas dirigencias partidistas (quienes las tengan), o si las mandaron a volar y se aventaron ellos solitos, o si ya de plano les importa un comino lo que hagan o dejen de hacer sus partidos.

Porque, por un lado, hasta reconforta que haya quien apunte a “olvidar las diferencias y hacer propuestas en las coincidencias”, pero por otro, sí deja muchas dudas el qué irán a hacer los distintos partidos políticos que, por su lado, ya sea que están buscando hacer alianzas entre algunos, otros deciden ir solitos a las elecciones, y otros más se debaten entre las amenazas de divisiones internas irreconciliables.

Por si eso fuera poco, y para echarle más sal al gusano, estos mismos personajes ayer develaron la sorpresa (¿¡!?) de que ya hasta hablaron con Ricardo Monreal para proponerle que se integre a este grupo y a este proyecto, pero que todavía no les responde. Claro, habrá que esperar a que primero el ex gobernador defina su situación en la pugna por la CdMX, su relación con Andrés Manuel López Obrador, sus querellas particulares con Claudia Sheinbaum, sus objetivos prioritarios en lo que termina su periodo en la Delegación Cuauhtémoc, y sus intereses personales. Pueden esperar sentaditos.

Según algunos acomedidos analistas y analistas del pueblo, todo este merequetengue de díceres y reuniones de pares disímbolos no traerá más que confusión en Zacatecas, terreno fértil para los experimentos electorales y para la proliferación de chapulines, sin que se defina una ideología congruente y concordante con la realidad, y dejará simplemente al electorado en manos de las estructuras partidistas, la muy conocida repartición de toda clase de prebendas y apoyos y abiertos sobornos a votantes, disfrazados de gasto electoral.

Tal vez la idea (como idea) no sea mala, y quizás en un futuro se logre socializar mediante una verdadera educación en la democracia y la construcción de una ciudadanía real que responda –también mediante el voto– a la impunidad y la corrupción mediante la denuncia y la exigencia de justicia. Nomás falta ver quién se va a poner a formar y a educar a los ciudadanos, y eso lleva tiempo.


Nuestros lectores comentan

  1. Utópicamente, el poder es el medio para lograr un fin social (desde la idea que cada cual tenga del mismo), desgraciadamente, el obtener el poder se ha vuelto un fin en sí mismo. Como mera ironía, el ejercicio público se sanearía si lo realizáramos por “Tequio” o más zacatecano, por “faenas”