ALBERTO CHIU
ALBERTO CHIU

Desde el pasado viernes, una ola de indignación inundó una buena parte de los contenidos de redes sociales en Zacatecas, luego de que un apreciado comerciante como don Antonio Frausto fuera arteramente asesinado en su negocio, una reconocida carnicería, por un par de jóvenes –de los cuales uno hoy ya está preso–, luego de que se resistiera a ser levantado. Indignación y enojo fue lo que transpiraron las redes.

Así también entre los comentarios más comunes durante todo este fin de semana, la muerte de don Toño ocupó una buena parte del tiempo de conversación, con iguales resultados: indignación, estupor, coraje. Se llamó a una manifestación contra la violencia, se hicieron reclamos airados desde las mesas de café y desde las calles y desde las plataformas digitales…

Con harta satisfacción, el gobierno del estado informó que apenas un día después se había logrado la detención de tres o cuatro personas ligadas con el asesinato, y quizás con más privaciones ilegales de la libertad de las que han ocurrido en días recientes. Y vinieron entonces los reconocimientos y las palmadas en la espalda y las loas mutuas.

El gobernador reconoció el dilecto y atingente trabajo de las corporaciones de seguridad, al resolver tan pronto esta situación. Luego, las instancias de seguridad reconocieron al gobernador su compromiso “con el complejo problema de la seguridad pública en Zacatecas”. Y así, entre reconocimientos mutuos, procedieron al alegre juego de mirarse el ombligo.

¿Y el reconocimiento ciudadano, vino también? No. De todos los comentarios vertidos principalmente en redes –así como en las pláticas cotidianas–, la mayoría señalaba lo mismo y sonaban totalmente distinto a los reconocimientos oficiales. Vinieron, más bien, los reclamos insistentes por el alto grado de violencia que se ha alcanzado aquí, y que se ha llevado (literalmente) a muchas personas de casi cualquier estrato social o económico. Y se vinieron abajo las premisas de que “principalmente se trata de ataques entre ellos mismos (los malos), entre gente que está relacionada con la delincuencia”.

Entre los dueños de pequeños y medianos negocios (ya no citemos a “los grandes”), la desazón está a todo lo que da; y más aún cuando ya se han dado casos diversos de amenazas, de intentos de secuestro contra varios de ellos, o cuando se han consolidado como rumores los levantones de otros más, pero sin que exista denuncia o reporte oficial sobre ello. El miedo provoca el silencio… o la huida, pues también se sabe de otros comerciantes que, ante el temor a ser atacados, han preferido irse de Zacatecas.

Hasta parecen dos mundos distintos y muy distantes, las palabras de reconocimiento entre miembros del gobierno (por hacer el trabajo que tienen que hacer), y las palabras de reclamo desde la sociedad hacia ellos, palabras que están cargadas de un hartazgo sobre esta situación.

Es cierto lo que dice el obispo de la Diócesis zacatecana: hace falta que la gente, la sociedad, se involucre más. Pero ¿qué hace falta para que eso suceda? ¿Que sigan matando o secuestrando o levantando gente inocente? ¿Faltan todavía más desgracias para que el clamor popular se erija como línea de acción y puesta en práctica de mejores políticas públicas de seguridad? No lo creo.

Lo que sí hay que poner sobre la mesa, me parece, no es exigirle al gobierno estatal que ellos carguen el peso completo de la inseguridad, sino por el contrario, subirnos todos a exigir, al gobierno federal por ejemplo, un mayor apoyo porque, tal como lo hemos visto, quizás solos no podemos.

Si los reconocimientos entre las propias dependencias del gobierno son vanidades, entonces el reconocimiento de la sociedad debe ser más bien para treparnos todos juntos en este mismo barco y hacer un esfuerzo conjunto para pedir ayuda, para fortalecer la denuncia, para estar más atentos como comunidad, y para respaldar las acciones gubernamentales. No se valdrá reclamar algo en lo que nosotros no aportamos. En vez de sonar diferente, hagamos entonces todos una sola voz.


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