Armando Fuentes
Armando Fuentes

Entrenaba todos los días en el gimnasio; tenía cuerpo de atleta. Y era un buen estudiante; iba para técnico electricista, o algo así. Pero luego ese individuo, el Rami, empezó a merodear por la escuela donde estudiaba mi nieto, y a la salida de los muchachos les vendía carrujos de mariguana, o pastillas de quién sabe qué

 

“Nunca pensé que cometería yo el crimen perfecto. Por principio de cuentas no creo en la perfección. Es una entelequia, si me permite usted la pedantería de usar esa palabra; o sea algo imposible, tan ideal que ni siquiera como idea puede existir. Discúlpeme también estos filosofismos. Se me caen, como quien dice. Porque ha de saber usted que soy maestro. O profesor, más modestamente. De Español y Literatura, en secundaria. Mis alumnos me apodan ‘El ruco’. No se los tomo a mal: tengo más de 70 años. Ya debería estar retirado, pero enseño en un colegio particular que nos paga por honorarios y no nos da Seguro. Eso quiere decir que si no trabajo no como. Seguiré ahí hasta que me aguanten. Y yo seguiré aguantando todo: el desorden de los muchachos en mi clase, que a veces hace que el director tenga que venir a controlarlos; las bromas pesadas de mis compañeros –a eso ahora se le llama ‘buling’, o algo así–; el desdén con que me miran todos, hasta el conserje de la escuela. Por eso a Luisito no le gustaba que yo siguiera en el colegio. ‘Ya quítate de ahí, abuelo –me decía–. Que te mantengan tus hijos. Tienes seis”. Yo pensaba –no se lo decía– que un padre es para seis hijos, pero seis hijos no son para un padre. Y esto no es filosofía: es realidad. Se me pasó decirle, señor, que Luisito es mi nieto. Lo hubiera conocido usted antes. Era un muchacho sano, guapo, fuerte. Entrenaba todos los días en el gimnasio; tenía cuerpo de atleta. Y era un buen estudiante; iba para técnico electricista, o algo así. Pero luego ese individuo, el Rami, empezó a merodear por la escuela donde estudiaba mi nieto, y a la salida de los muchachos les vendía carrujos de mariguana, o pastillas de quién sabe qué. No le haré larga la historia. Luisito se echó a perder. Cuando nos dimos cuenta ya era un vicioso. Dejó la escuela; andaba con gente de la peor calaña. Ahora no lo reconocería usted. Es un esqueleto; anda perdido. Vive en la calle, porque su papá, mi hijo, lo corrió de la casa. Conmigo no quiere estar; dice que lo regaño mucho. Anda sucio; desgreñado; vestido de harapos. Es un vago; inhala tíner y cemento. Me han dicho que pide limosna. Perdí a mi nieto, señor; el que yo más quería; el que llevaba mi nombre. Como si se hubiera muerto. ¿Y sabe qué hice, señor? Maté al tal Rami. Un sábado lo esperé cuando llegó a su casa, ya muy tarde. Me acerqué a él; le dije: “Buenas noches”, y le clavé un picahielos en el corazón. Tres o cuatro piquetes le di, o más; ya no me acuerdo. No pudo ni hablar; cayó al suelo echando sangre por la boca. Desde abajo me miró como preguntándome: ‘¿Por qué? ¿Quién eres?’. Luego sus ojos se quedaron fijos y ya no preguntaron nada. Yo estaba tranquilo, tanto que me esperé hasta cerciorarme de que estaba bien muerto. Cuando vi que ya no respiraba me alejé. Al dar vuelta a la esquina tuve una sensación de triunfo. Me sentí superior a cualquiera, como dice la canción. Me había vengado por la pérdida de mi nieto; y me había vengado también de mis alumnos, y del director, y de los compañeros que se burlan de mí, y del conserje, y de mis hijos, y de mi mujer que se murió, y de todo. Me había vengado de la vida. Claro que nadie sospechó de mí. La muerte del Rami ni siquiera salió en la tele. Hay tantas muertes ahora que ya ni se investigan. Todos los crímenes que se cometen en el país son perfectos, de modo que ni gracia hice. Sigo dando mis clases como si nada. ‘El ruco’. Ésa es la historia, señor. Si se la conté es porque usted no existe; es también una entelequia. Le estuve hablando en voz alta a la oscuridad; aquí, sentado en mi sillón, de madrugada, solo. También estuve pensando. Ahora el que espera a los muchachos a la salida de la escuela es un tal Filo. Voy a seguirlo, a ver en dónde vive. Todavía tengo el picahielos”. FIN.

MIRADOR

Jean Cusset, ateo con excepción de la vez que escuchó a Marian Anderson cantar “Deep river”, dio un nuevo sorbo a su martini –con dos aceitunas, como siempre– y continuó:

-El problema no está en saber si Dios existe o no. Jamás podremos saberlo con certeza. Lo importante es decidir en qué clase de Dios creemos, pues según sea ese dios así seremos nosotros. Si crees en un dios cruel y vengativo serás vengativo y cruel. Si verdaderamente crees en un dios bueno y amoroso serás amoroso y bueno.

Siguió diciendo Jean Cusset:

-No soy partidario del agnosticismo, y eso que me considero agnóstico. El agnosticismo es para los que temen arriesgarse. Los ateos merecen más respeto: ellos se arrojan al vacío. Y por lo que hace a los creyentes, deberíamos envidiarlos: tienen de dónde asirse cuando les llega el sufrimiento. Si alguna vez la fe llama a mi puerta procuraré creer en un dios de amor. El amor es lo único que puede dar sentido a la fe. A cualquier fe.

Así dijo Jean Cusset. Y dio el último sorbo a su martini, con dos aceitunas, como siempre.

¡Hasta mañana!…

 

MANGANITAS

“. Más políticos se afilian a Morena.”.

Ese partido es la Meca

para quienes buscan hueso.

Están entrando, por eso,

de dulce, chile y manteca.


Los comentarios están cerrados.