FRANCISCO LEANDRO
FRANCISCO LEANDRO

En la edición 26 del Festival Cultural de Zacatecas programaron un show sinfónico que interpretaba los temas representativos de Pink Floyd, y fui.

Agarré lugarcito en una esquina, en la parte superior de las gradas, poco a poco se iba llenando de gente, a mi lado izquierdo llegó un señor y se dispuso a esperar, estaba preparado, llevaba un cojín como asiento y una bolsa con semillas de calabaza, por cierto, mal tostadas.

Después de algunos minutos llegó una señora con su hijo, y le preguntó al señor: ¿Qué va a haber, oiga? El señor respondió: Pues sabe, oiga, pero pues no cobran.

A partir de ahí, una idea ronda en mi cabeza. Claro que es bueno que la gente acuda a espectáculos musicales gratuitos, pero todo tiene un límite ¿Hasta dónde esto será benéfico para los públicos?

Cuando era chico me gustaba ir a las tocadas, se ponían muy bien en la Goitia y en la 450, pero eran gratis.

Entonces, algún joven emprendedor tenía los contactos y el dinero para invertir y traer a bandas de moda y de calidad, pero nada, nunca nada, llegaban a cancelarse por la falta de asistentes y, como siempre, salía bailando el “empresario”.

Una vez vino una banda muy buena, algunos de los fans estábamos adentro del recinto, y otros afuera; el organizador salió amablemente a invitarlos a ingresar para que iniciara la presentación y fue recibido con rayadas de madre y botellazos, por el hecho de cobrar 50 pesos la entrada a un concierto que en otros estados costó 100.

Semanas después fue similar, casi igual a la escena anterior, pero esta vez el organizador salió y les dijo: la banda quiere tocar, pero que entren, está muy solo.

“¡Pues si no venimos a limosnear!”, gritó uno de los rudos asistentes, con sureño en mano.

 


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