ALBERTO CHIU
ALBERTO CHIU

Reza el viejo refrán que “halago, en boca propia, es vituperio”. Y aunque el gobernador Alejandro Tello Cristerna se haya autoevaluado con una calificación que resume que todavía falta mucho (sí, mucho) por hacer, parece que una buena parte de su gabinete está empeñada en hacerlo quedar mal… queriendo quedar bien.

En este caso, los halagos vinieron de algunos de sus más cercanos colaboradores cuando, cuestionados por NTR, se les preguntó qué calificación le darían a su jefe, a un año de haber tomado las riendas de esta administración estatal. Hubo, por supuesto, varios que dieron calificación de “10” sin dudar ni un segundo, quizá pensando que con eso le ayudan a la imagen del gobernador, quizá imaginando que en realidad todo está bien. Quizá no conocen la realidad.

A los ojos de muchos zacatecanos, a quienes les han afectado desde las pobres condiciones de desarrollo, la falta de servicios médicos, la carencia de infraestructura, el déficit de oferta educativa o –por supuesto– la inseguridad, esas altas calificaciones dadas por los colaboradores del mandatario estatal son vituperios no sólo para su jefe, sino una cachetada en pleno rostro a la sociedad.

A los ojos de otros más, quienes han seguido con detenimiento las investigaciones y querellas que desnudan y revelan la posible corrupción y la impunidad rampante en la que viven decenas de funcionarios y ex funcionarios públicos, esas altas calificaciones equivalen también a una especie de mentada de madre al intelecto y al sentido común, viendo que por más transparente, rendidor de cuentas o eficiente gobierno que tengamos, se hace poco –o casi nada– para sancionar severamente a quienes se han aprovechado de los recursos públicos del pueblo para su beneficio personal.

Mañana Alejandro Tello Rendirá su primer informe de gobierno, en el que –según anuncia en sus spots publicitarios– detallará los logros obtenidos a lo largo de un año de su administración del estado… aunque apenas a principio de año nos decía que los últimos meses del año 2016 habían sido sólo de administrar lo que le habían dejado y que ya en 2017 comenzaba su verdadero trabajo. A ver qué informa pues del año pasado.

Pero bueno, regresando al tema, el asunto es que el ejercicio de que la mayoría de los secretarios de estado calificaran al gobernador (e implícitamente se calificaran, también) deja un sabor rancio de autohalago gratuito, innecesario y por demás mentiroso, cuando en la vida diaria la gente nota más lo que no se ha hecho, lo que falta por completar, lo que es más necesario y no llega.

Ojalá que la sociedad en su conjunto e individualmente se dé el tiempo de analizar el mensaje que dé el gobernador y sus apreciaciones sobre el avance, estancamiento o retroceso en los diversos rubros de la administración pública estatal. Ojalá valore el reconocimiento de las fallas –si es que las reconoce– y rescate los avances –si es que los detecta y aprecia–. Ojalá que haya ojo crítico, y no una visión endulzada por la mercadotecnia gubernamental.

Por lo pronto, me parece que las calificaciones que se dan muchos miembros del gabinete están muy lejos de ser diligentes, prudentes o moderadas, y más cerca de convertirse en el sello de soberbia que puede darle en cara al propio gobernante, si pretende pasar a la historia como el mejor de los que ha tenido el estado en los últimos años.

Por lo pronto, también, creo que esos mismos autocomplacientes miembros del gabinete están lejos, muy lejos de la visión autocrítica del mismo gobernador, quien hasta con moderación se puso una calificación aprobatoria pero no exagerada. Pero es que a veces la lambisconería y las ganas de arrastrarse a los ojos del jefe les gana, y se olvidan del mundo real para dar paso a una visión utópica que no comparte ni siquiera el jefe. Ojalá el gobernador se dé tiempo para ver quién lo adula gratuitamente… y se cuide más de esos halagos vituperantes.


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