TOMÁS MOJARRO
TOMÁS MOJARRO

Juan Rulfo, mis valedores, en la celebración de los primeros cien años de su nacimiento. Su Pedro Páramo magistral, sus magníficos cuentos (Luvina, No oyes ladrar los perros y todos los demás), ¿los habrá leído alguno de ustedes? Invoco aquí, ahora mismo, la memoria del Juan Rulfo de los pueblos fantasmales: Contla, Luvina, Comala. Convoco también el ánima en pena de los muy reales Real del Oro y Veta Grande, Zacatecas, poblados afantasmados que, antiguos emporios mineros, de repente se agostaron al agotarse los socavones paridores del oro y plata, caseríos tan reales que parecen de encantamiento, que anochecieron prósperos y amanecieron a ser espejismos, delirios y ánimas en pena aventadas al socaire de los socavones estériles. Pedro Páramo.

Ahí se quedaron y así están todavía semejantes pueblos, en olor de abandono y en la viva almendra de la soledad, como sarna de la geografía nacional, mutilados vestigios de un antiguo esplendor: cuadrículas de bardas barbonas de zacate, patios abandonados donde florecen el chicalote, la flor del toloache, el huizapol, los matojos. No más.

He visto esos pueblos abandonados, afantasmados, y se me encoge el ánima al contemplar semejantes bardas en derrumbe que van derritiéndose lentamente bajo atorrenciadas tormentas, y esos zaguanes sin puerta y esas puertas sin zaguán, y unas retorcidas callejas de piedra viva, y los esqueletos de casas carcajes de andamios, horcones y vigas náufragas, en agonía de portillos, de polilla y comején. En los patios, antaño hervorosos de vida –de vidas–, se ha aposentado la víbora de cascabel. Junto a la fuente seca ventosean sus crías las ardillas, y en los sombríos corredores se dan los murciélagos y unas mariposas negras de este tamaño, miren. Que anuncian la muerte, dicen los díceres.

He visto también esa hilera de cuartos que alguna vez fueron dormitorios, y donde en catres de latón dorado se multiplicaba la vida, y esas ventanas, cuencas de calaveras, y esas casas que son abrojera de esqueletos apiñados en derredor de una iglesia en ruinas, una iglesia como aquella en Luvina. ¿Ese rumor? El viento, posiblemente. Algún eco de los ecos que se aquerenciaron en estas ruinas. Y ya.

Pero, mis valedores, voy a nuestra realidad, así la que alude a la economía familiar como a la de tumbos y retumbos de la estridencia politiquera, una realidad tan en ruinas como Veta Grande o Luvina. Al reflexionar sobre nuestra realidad de todos los días se me ha venido a la mente cierto añejo dibujo de Naranjo, editorialista gráfico, que publicó en el matutino de hace algunos ayeres. La glosa del dibujo de marras iba más o menos así, ayer tan actual como hoy día:

Llanura desértica, geografía desapacible, pariente pobre de Veta Grande y de sus hermanas muertas, Árida llanura cercada de lomeríos, y más arriba un sol que al punto del mediodía parece a punto del estallido. Monótono, persistente, ese son de cigarras. Arriba, en la lumbrosa claridad del firmamento, una rueda de cuervos, de auras y zopilotes que otean la lóbrega geografía detrás de la carne podrida. Crrac, crrac, el reclamo de los negros pajarracos. Crrac.

Cerros pelones, crestas azulencas, peñascales y lomeríos. Al pie del crestón de roca abismos, gargantas áridas, resolana y sofocación. Eso en la lejanía, porque aquí, en el primer plano, todo es nopaleras cenicientas, y al pie, nidos de coralillos y víboras de cascabel. Un viento de rescoldo eriza la pelleja del llano y alza remolinos de polvo y.

(Lo real maravilloso continúa el lunes.)


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