MÓNICA URREOLA MORENO*
MÓNICA URREOLA MORENO*

“La Ecología Humana estudia al hombre en relación con su ambiente, lo analiza como centro de la creación, como ser biológico cultural y como integrante de un ecosistema complejo”.

Desde que el hombre comenzó a interactuar con la naturaleza con el fin de satisfacer sus necesidades básicas, desencadenó un proceso de transformaciones para mejorar su calidad de vida y tener un desarrollo ascendente.

La conquista de la naturaleza no sólo ha estado marcada por el progreso, todos estos cambios ejercen una fuerte influencia sobre el planeta y, al ser realizados desmesuradamente, se le daña de manera irreversible.

La expansión demográfica acompañada del uso no crítico de las tecnociencias ha influido en forma rapaz con el ciclo biológico del planeta, provocando que éste disminuya cada vez más su capacidad de autodepuración y reciclaje natural.

El hombre ha interrumpido el equilibrio ecológico del planeta con todas sus consecuencias negativas para él y otras especies, manifestándose de manera global; generando así una crisis de sostenibilidad de la biósfera, lo que ha dado pie a un mundo donde proliferan los derechos pero no las obligaciones individuales, como especie y mucho menos como “herederos de la creación”.

Los nuevos problemas ambientales mundiales incluyen riesgos ecológicos como la destrucción de la capa de ozono, la contaminación de la tierra, del aire y del agua, y el calentamiento del planeta; ejerciendo un impacto considerable sobre la salud, que escapa de los modelos simples de causalidad e intervención.

La Tierra está viva, siente y se enferma.

Siempre cambiante, concede todo a quienes la habitamos, micro o macro ambientes, todos pertenecemos a ella y sentimos (paradójicamente) que somos sus dueños.

Olvidamos la importancia de relacionarnos con ella, de cuidarla, de agradecer todo lo que nos aporta. En cambio, con el pretexto del avance científico, de la industrialización de las nuevas tecnologías mal aplicadas, arrasamos con todo a nuestro paso.

Descaradamente nos separamos del resto de las especies y creemos que tenemos el poder de modificar sin responsabilidad. Disponiendo de los recursos a nuestro antojo; sin un pensamiento lógico ni crítico y cínicamente nos llamamos animales racionales.

En general se educa de manera parcial para el cuidado del Ambiente pero, cuando existen intereses de por medio (lucrativos o poder), surge la doble moral y la mayoría de los que representan poder ajustan todo a su conveniencia con un diálogo envolvente y repleto de demagogia, esparciendo la creencia de que lo que ellos proponen es lo que debe de ser. Convencen a la población de cómo se debe conducir el ecosistema.

Todos esos acuerdos bien estructurados y bien intencionados como el de la Declaración de Estocolmo, Protocolo de Kioto, las 6 Conferencias Internacionales, el reciente Protocolo de París, Los Derechos de los Animales, etc., quedan desafortunadamente como eso, como intenciones o sugerencias.

Todos ellos expresan de una manera detallada y minuciosa los puntos que salvaguardan la libertad, la igualdad, la justicia entre hombres, entre naciones. Pone de manifiesto grandes verdades sobre el continuo proceso a la aniquilación del planeta y plantea la solidaridad mundial diciendo que “Hay una sola Tierra”. Pero triste y alarmantemente no han logrado el impacto deseado.

Los países que dañan más al mundo actúan de manera furtiva y malintencionada, coloquialmente: “arrojan la piedra y esconden la mano”. Simplemente renuncian ante propuestas internacionales y continúan depredando los países tercermundistas utilizando sus recursos naturales, mano de obra barata y acabando con el Ambiente que nos pertenece a todos, ricos, pobres, grandes o pequeños, racionales o irracionales. Es inadmisible que unos cuantos decidan qué hacer con nuestro planeta como si sólo a ellos les perteneciera.

“El principio de responsabilidad pide que se preserve la condición de existencia de la humanidad, muestra la vulnerabilidad que la acción humana suscita a partir del momento en que él se presenta ante la fragilidad natural de la vida”.

La Bioética retoma la Filosofía de respeto de Hans Jonas como punto de partida, enseñándola a cada nuevo ser humano en el planeta y conservándola para los que ya lo habitamos. Honrar la vida en cada una de sus formas, cuidar al otro.

Cada uno cumple una función específica, cada uno interviene en el ciclo señalado por la sabia naturaleza, por la Inteligencia Divina llámese como se llame.

Se requiere el retorno a las formas tradicionales de cultivo y caza, la protección de las especies en peligro de extinción, la búsqueda de tecnologías para sustituir los energéticos proveniente de recursos naturales no renovables, fomentar la sustentabilidad en el planeta etc. Pero, sobre todo, la disposición de cada uno de nosotros de realizar un cambio, real y perene para salvar nuestro planeta y asegurarlo para las generaciones futuras: para nuestros hijos.

 

*Invitada por el Consejo Estatal de Bioética


Los comentarios están cerrados.