FERNANDO QUIJAS
FERNANDO QUIJAS

Y de la noche a la mañana, todo mundo se convirtió en fan de Valentín Elizalde.

A estas alturas debería verlo como algo muy normal, pero no deja de ser curioso como en las redes sociales se puede observar el proceso de lo que antes muchos consideraban “naco” o “vulgar” se convierte en algo “kitsch”.

Hace años, mis amigos solían burlarse cuando sabían que iba a lugares en los que se escuchaba música regional mexicana, muchas veces más motivado por lo baratas que resultaban las cervezas en los dichosos Jueves de Estudiante.

Nunca aprendí a bailar, pero eran buenísimas las borracheras que me ponía escuchando la música grupera y de banda. Al ser de una familia con orígenes jerezanos, escuchar estos géneros con cerveza en mano era algo muy común. Se podría decir que era el llamado natural.

Incluso los amigos con quienes iba, consumados metaleros, flaqueaban escuchando la música con la que nos desarrollamos, de esa que hallas tanto en el transporte urbano como en tu taquería favorita.

Recuerdo que salíamos del lugar en la búsqueda de más cervezas clandestinas cantando los temas de El Gallo de Oro, lo que era bastante contrastante cuando horas antes escuchábamos a Slipknot y Brujería. Al final, el “Vete ya” de Elizalde sonaba en las voces desafinadas y aguardientosas de mis amigos y las muchachas que habían conocido en el lugar del que salíamos. Ellos sí sabían bailar.

Ahora, Valentín Elizalde es símbolo de culto entre chavitos que igual pueden tomarlo como un juego o que realmente disfrutan sus canciones. Puede ser que el aspecto “kitsch” que representa su figura y su obra lo hayan regresado.

No supe cómo, pero las redes sociales nos han traído de regreso a figuras populares, como lo es El Gallo de Oro, y eso, como alcohólico nostálgico a mis 33 años, realmente me tiene contento.

 


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