Tomás Mojarro
Tomás Mojarro

 

Asesinatos y suicidios coronaron el gobierno de Allende, suicidándose él mismo ante su fracaso de vencer a la culta sociedad chilena

Tal es el título de añeja colaboración periodística que ataca, ya fallecido, a Don Salvador Allende, presidente constitucional de la república de Chile asesinado por Richard Nixon, su homólogo norteamericano. De autor material Augusto Pinochet, que con el recurso de la muerte burló a la justicia. Aquí, con su propia sintaxis, el ataque del pinochetista:

“Era un trabajador jubilado que mediante ahorros compró una casita. La esposa, arribista, aplicaba el tiempo y su ternura en la única hija, estudiante de la Universidad, donde conoció a un joven de clase social superior.

Un día la hija abrió su corazón, e inundada de lágrimas confesó que el pretendiente ayer tan cariñoso, la abandonó después de haber ocurrido lo peor. Tanta fue la decepción de la madre, que agravada la enfermedad que padecía, falleció al desertar de la Universidad la joven y abandonar el hogar paterno con rumbo desconocido. El padre (el Viejo) quedó moralmente deshecho y agraviado con la sociedad burguesa tan criticada por sus vecinos socialistas y comunistas, que desde hacía tiempo lo venían invitando al Partido comunista y que ahora se confirmaba con el abuso de aquel catrín que engañó y destruyó la vida de su hija.

Por esos tiempos subía al poder Salvador Allende prometiendo un socialismo de rostro humano con empanadas y vino tinto a discreción… El Viejo, miembro ya del Partido y muy vinculado con los diferentes grupos terroristas, se convirtió en agente de confianza del Servicio de Investigaciones del Gobierno de la Unidad Popular.

Los terroristas del GAR, jóvenes que se divertían con harto trago y mariguana con las muchachas del grupo, asesinó al ex Primer Ministro del Partido Socialcristiano, Pérez Zujovich. La conmoción fue tremenda; el Gobierno se vio en peligro de derrumbe. El Servicio de Investigaciones fue informado por el Viejo dónde se encontraban escondidos los ejecutores, pero con la condición de que fueran protegidos, pues entre los ejecutantes se encontraba Pascal Allende, sobrino del Presidente, incluido precisamente para proteger a todo el grupo. Al Viejo se le prometió y juró que así se haría; pero al localizarlos, con engaños, separaron a Pascal embarcándolo hacia Cuba y el resto fue acribillado a balazos en una emboscada preparada ex profeso.

El Viejo al enterarse de la traición, abandonó el automóvil que el Servicio de Investigaciones le había proporcionado y con el bastante dinero que le habían entregado, se escondió en un prostíbulo, donde lo trataban de maravilla, pues los fajos de billetes los regalaba generosamente; cambiaba de compañera diariamente; bajo la cama escondía unos paquetes de dinamita. Cercana a su escondite pasó una manifestación obrera de apoyo al Gobierno. El Viejo se le incorporó y al pasar frente al Servicio de Investigaciones se introdujo en el local, donde intercambió balazos con los guardias. Las balas hicieron estallar la dinamita que cubría todo el cuerpo del Viejo, cuyo nombre heroico se registra como Jacinto Salazar. El Ministro allendista hipócritamente declaró: Este era el último asesino de Zujovich.

Asesinatos y suicidios coronaron el gobierno de Allende, suicidándose él mismo ante su fracaso de vencer a la culta sociedad chilena. Una hija de él siguió la misma ruta hacia lo desconocido: se mató en la Habana hacia donde fue llevada, a un matrimonio de conveniencia política. Este drama no se conoce en profundidad. Algún día será”.

Hasta aquí la inquina contra don Salvador Allende, su familia y sus partidarios. ¿Pinochet y sus espadones? Clama el poeta;

“Esos conocerán la muerte de la muerte hasta la muerte”. (Y la paz.)


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