Tomás Mojarro
Tomás Mojarro

Invoqué el espíritu de Rulfo no porque en estos días esté releyéndolo, sino que fue la lectura de los matutinos lo que me llevó a humillar la testa, suspirar y abstraerme en mis reflexiones

 

Juan Rulfo a cien años de su nacimiento, mis valedores. Convoqué el pasado viernes el espíritu del fabulista de lo real maravilloso que para sus tragedias humanas de agonías y venganzas, odios y locura, y amor y pasiones (vida y muerte, en suma), creó toda una fantasmagórica geografía de caseríos donde poquísimos humanos sobreviven en la angustia, la desesperanza y el terror por los espíritus que vagan en el caserío de una Comala que se tornó camposantos donde los muertos no cesan sus clamores. Invoqué el espíritu de Rulfo no porque en estos días esté releyéndolo, sino que fue la lectura de los matutinos lo que me llevó a humillar la testa, suspirar y abstraerme en mis reflexiones. Y fue entonces.

De repente recordé añejo editorial gráfico de Naranjo, que apareció en un matutino de época; lo encontré tan actual y oportuno, que me di a la glosa del susodicho, cuya mínima acción ocurre en una geografía desapacible que en mucho me recuerda la Comala de Rulfo, caserío de encantamiento que sobrevive en la entraña del abandono y en la almendra de la soledad. Entonces comencé la descripción de una geografía que, doncella recalentada, soporta los evites ardorosos de un sol padre, garañón. Aquí finaliza la descripción de la escenilla que describe Naranjo en su editorial gráfico.

El editorialista recrea aquella geografía desoladora de peñascales, cerros pelones y un desierto todo lo demás. Aquí, remolinos de polvo y reverberancias de un sol como toro en brama. Más allá, chaparrales, huizapoles y huizcoloteras, toda esa botánica de lo chaparro, lo enteco, lo encanijado, lo sietemesino, lo que ha nacido muerto de sed; ese yerbajo que se da a la aridez, más allá del pueblo minero que murió desangrado de sus venas de metal.

Mediodía de sol. Y aquí lo inquietante: que auras, cuervos y zopilotes han comenzado a estrechar sus círculos en un firmamento estallante de luz. Y es que a medio llano, entre areniscas y roquedales, aquel cordoncillo de polvo. ¿Un predador muriéndose de sed, al que los rapaces de pico y garra no permiten la paz de una agonía tranquila?

No. Ya me acerqué un poco, y no. Un lobo no puede ser, que el bulto aquel es más grande, del tamaño de una res, o quizá dos, tres, un hato de reses.

Observen ustedes los alrededores: resequedad y un sol como garañón, y ahogo, ardor, chamusquina, piedras tornasoladas de metal, y sobre las piedras lagartijas de ojillos hipnóticos que se adormecen bajo la carga del sol contemplando, inmóviles, una geografía que parecen querer aprendérsela de memoria. Tercas, pétreas a fuerza de sol. Pero, ¿y eso..?

Por allá, a lo lejos, se ha alzado el cordoncillo de polvo. Algún coyote de belfos ennegrecidos y lengua inflamada que anda en agencias de morirse de sed, ya en las boqueadas últimas. De dolientes, la culebra y la tuza, la tarántula y la resolana; las reverberancias. El universo de lo calcáreo, de lo pétreo, del vivo fuego del sol en aquella geografía que viene quedando, ánima del purgatorio, a mil leguas de todo lo vivo, que es todo lo que tiene el agua al pie. Aquí no: muerte y soledad. Y ya. Pero aquel cordoncillo de polvo que se agranda al ir acercándose ¿Qué ánima desdichada pudiese avanzar a lo largo de semejante geografía árida, ayuna de todo rastro de vida?

(El final de este raigón de muerte, mañana. (Y no más.)


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