Tomás Mojarro
Tomás Mojarro

Territorio de muerte y soledad. Pasto, arbolucos y breñales resecos. Un cordoncillo de polvo a lo lejos, que se agranda al ir acercándose

Aquí termina, mis valedores, la glosa de añeja caricatura que inicié ayer.

Territorio de muerte y soledad. Pasto, arbolucos y breñales resecos. Un cordoncillo de polvo a lo lejos, que se agranda al ir acercándose. ¿Qué ánima desdichada pudiese avanzar a lo largo de semejante geografía árida, ayuna de todo rastro de vida? Un par de reses, seguramente. Un caballo matalote, dos o tres de vacas, una punta de bueyes. Pobres. ¿Desde dónde vendrán agonizando de sed? ¿Desde qué lejana región que habitan el hombre, el agua, la vida cabal? Observo los cuervos que van descendiendo en círculos de negrura, graznando tras la carne mortecina. Crrac, crrac.

Pero no, no es un lobo, no es una res, no es un par de caballejos decrépitos. Ya puedo distinguir lo que levanta un nudillo de polvo en la medianía de un paisaje de lumbre y sofocación, ¿qué no es una..? ¡Deliro, comienzo a delirar! Alucinaciones del calor, de la sed, de la sofocación. Ya mis sentidos me están jugando malas pasadas. Eso que viene desplazándose por medio llano es una.

Animas de la ficción, de lo real maravilloso. Eso que miran mis ojos, ¡demencial! Eso es una a modo de barquichuela semienterrada en el polvo que unos individuos, quizá enloquecidos de sed, de soledad, de insolación, a punta de remos intentan forzar hacia adelante. Distingo a los tales. Parecen integrar un arca de Noé en miniatura, todos irremediablemente mediocres. ¡No era una mula o un buey sino esa chalupa copeteada de remeros que la vienen acercando entre arenisca, guijarros y yerbajos resecos ¡Y ese que empieza a vociferar, magnavoz en mano, debe ser el capitán, y el calor lo habrá enloquecido, porque, de repente su voz atruena el silencio del llano:

¡Mexicanos! ¡No hemos perdido el rumbo!

Y entre el aplauso de los remeros se rompen los cielos y arrojan un latigazo de luz. El relámpago restalla en la pradera, y el fuetazo inicia un amago de quemazón.

Los remeros, aquellos aplausos que hacen eco a los alardes del capitán: “¡viva, no hemos perdido el rumbo!”

Eco de ecos, los cielos se rompen y a espaldas del arca de Noé arrojan ese chicotazo de luz que enrojece el pastizal.

-¡La economía está avanzando mientras las inversiones, el empleo y el consumo se encuentran en máximos históricos!

Furiosos, los cielos arrojan esa centella que chamusca el breñal. La fogata se enciende mientras unos frenéticos aplaudidores lanzan porras al capitán.

-¡Los servidores públicos debemos tener integridad y apego a la ley en el ejercicio de nuestras responsabilidades!

Debemos. Un incendio rabioso abarca todo el corazón del llano y amenaza con abarcar breñales y ramazones. Índice en alto y empachado a aplausos, el capitán (intransigente con todo lo que apeste a corrupción):

-¡El de la corrupción es un tema cultural e incluso es condición humana, pero el Estado mexicano y su sociedad lo que estamos haciendo es domar auténticamente la condición humana!

-¡Bravísimo! (Perdón, me entusiasmé.)

¡Pero ah de los insensatos! ¡La lumbre les llega a los aparejos, y ellos aplaudiendo y con la hornaza detrás! De pie, motivado por porras y aplausos, el capitán:

-¡Estamos auténticamente estableciendo nuevos paradigmas, y lo más importante es que no está solo el Estado mexicano, sino también su sociedad! ¡El combate a la corrupción es prioridad en esta chalupa!

¡Rayos y centellas arrojan los cielos y atizan el incendio del llano! ¡Mis valedores, cuidado con el incendio; las víctimas somos nosotros, que de bombero no tenemos un fiscal general!

(Cuidado.)


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