FELIPE ANDRADE HARO
FELIPE ANDRADE HARO

Y sí, los mexicanos –en general– estamos temblando de tristeza, coraje, rabia, indignación, impotencia, ante los estragos que la madre naturaleza le está causando a la población en algunas entidades de la república. La psicosis recorre buena parte del país ante los movimientos telúricos que han dejado a su paso destrucción, muerte, dolor. De ella se han aprovechado charlatanes que ya anuncian el fin del mundo, por ser (todos) una bola de ojéis que nos hemos portado mal. Y hay, incluso, quienes desafiando todas las leyes de la naturaleza, afirman que un megaterremoto nos mandará directos a la edad de piedra. La neta estos tipos merecen un zape por mamones.

No vamos a repetir los comentarios de destacados científicos que llaman a la calma y la prudencia, que convocan a la población a no caer en el pánico, a ser prudentes y atender las indicaciones de protección civil, que tiene sobrada experiencia a partir del terremoto de 1985 que causó más destrucción que el pasado temblor del 19 de septiembre del año que corre. No deja pasar desapercibido, además, el hecho de que muchas edificaciones que colapsaron, no siguieron los protocolos de construcción, al haber utilizado material de quinta categoría (muy al estilo Miguel Alonso).

Pasado el susto, cientos de personas en la Ciudad de México reaccionaron acudiendo a los lugares siniestrados para ayudar a remover los escombros y buscar personas atrapadas; posteriormente las instituciones públicas aparecieron para poner su granito de arena en las labores de rescate. Con ello queda claro que la solidaridad sigue siendo uno de los valores esenciales del pueblo mexicano. Ante la tragedia nos unimos, valiendo madre la condición económica, social, religiosa, política, ahí van miles de brazos a remover piedras, miles de pies marchan al desastre. Miles de ojos y oídos prestos para ayudar, la auto-organización es excepcional.

Si en 1985 la sociedad civil rebasó por mucho al gobierno, en 2017 la sociedad civil reaccionó más rápido; esa es la enorme virtud del pueblo mexicano. Pero para el poder político eso es peligroso: dejar que la sociedad se organice independientemente. Por ello salen al paso las instituciones del poder, a frenar la auto-organización popular. Es como dejar que la sociedad civil acuerde una reforma política, sin la intervención del poder público, sus instituciones y los grupos fácticos, pues se “corre el riesgo de que aprueben revocación del mandato, voto-compromiso, elecciones primarias, incremento del umbral de representación, reducción del financiamiento público, elección de los consejeros del INE”. Seguro que la reacción diría que estas propuestas son populistas, comunistas o por lo menos, producto de un pacto con el mismísimo chamuco.

Para eso interviene el poder y sus instituciones, para romper a toda costa la organización popular, aun y cuando tengan que dar algunas concesiones para calmar el encabronamiento de la prole. Ahí está el generoso llamado de los partidos y actores políticos para “reducirse el financiamiento”, para ayudar a los damnificados del temblor. Y ya salieron todos los partidos, todos los dirigentes, para dar la cara a la ciudadanía y con un simulado sentimiento decir que “la neta si nos dan mucha lana y es justo que nos la quiten para ayudar a los pobres que perdieron todo”. La neta ¿apenas se dieron cuenta que los presupuestos en materia electoral son super millonarios? No mameyes que son papayas, carnales. No les creo ni el bendito; desde hace muchos años se han negado sistemáticamente a revisar –seriamente– la legislación electoral y sus instituciones. Les ha valido madre gastarse la lana a lo pendejo para que ahora me salgan con sus tonterías. ¿Arrepentidos? Nel ¡ESTÁN ASUSTADOS! En esta misma columna vengo señalando reformas urgentes en materia de financiamiento y fiscalización, entre otras, que les han valido madre y ahora parece que se les apareció el chupacabras. ¡HIPÓCRITAS!


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