Tomás Mojarro
Tomás Mojarro

Sea mérito de los jueces o presión de Washington, en la Guatemala dulce y sombría, que dijo el poeta, tienen a estas horas confinados en celdas carcelarias a dos presidentes corruptos y andan en agencias de hacer lo mismo con el actual.

 

A Guatemala me referí el jueves pasado, y habré de seguir el tema durante un tiempo más. Para ello me asiste una razón de peso, mis valedores: sea mérito de los jueces o presión de Washington, en la Guatemala dulce y sombría, que dijo el poeta, tienen a estas horas confinados en celdas carcelarias a dos presidentes corruptos y andan en agencias de hacer lo mismo con el actual. ¿Y nosotros, con bandidos potenciales de la talla de la familia Salinas, la de Fox y varias más? ¿Qué tienen los guatemaltecos que a nosotros nos falta? ¿Qué tenemos nosotros, de lo que ellos se han liberado?

Otra fue la sombría Guatemala de los milicos. En 1954, por orden de la United Fruit Co., Washington derrocó al presidente constitucional Jacobo Arbens y colocó a un prestanombres de EU, Castillo Armas. Era época de milicos y de héroes civiles.

Pero para los chapines llegó la esperanza con un proceso electoral y el ascenso al poder de uno que tornaría Guatemala al gobierno civil. Un día antes de las elecciones, la noticia: “Los guatemaltecos tienen confianza en el cambio, que les dará empleos, combatirá la criminalidad y abaratará el costo de la vida. Desde la oficina central de la ONU Kofi Annan pide votar “por un gobierno que respete los derechos humanos”.

Sería entonces cuando los hermanos chapines caerían en el espejismo de la “democracia” con civiles como Cerezo Arévalo, Álvaro Colom y algunos más. Guatemala dulce: “Se oye cuando una garza cambia de pie.”

Qué tiempos. La bota y el espadón cuartelero gobernaban el país por los tiempos aquellos en que fui a conocerlo. Años después llegaron los días del presidente civil; yo entonces, ya de regreso en mi tierra, mandé a dos amigos chapines este mensaje público:

Marucha, Virgilio: cuánto quisiera que estos renglones llegasen a ustedes, allá en la vivienda que habitan en su ciudad capital; que este fuese un a modo de mensaje del náufrago que ustedes encuentran rodando en la playa, y que en leyéndolo recuerden de golpe al fuereño aquel, de visita en su tierra, que en la fugacidad de un par de horas fue amigo de ustedes dos, estudiantes entonces de la Universidad de San Carlos. En el forastero identificaron al fabulador de cuentos y algunas novelas de fantasmagorías, como aquella Malafortuna de aeropuertos antediluvianos y muertos resucitados. Lo real maravilloso, ¿se acuerdan? De llegarles el mensaje recordarán el café, el tinto y aquel poema que me ofertaron mientras hablábamos de verso libre y alejandrinos. De repente aquella descarga de metralleta. Recordé al poeta asesinado por los milicos:

Desgraciados los traidores, madre patria, desgraciados – Ellos conocerán la muerte de la muerte hasta la muerte.

La charla, entonces, a media voz, se empantanó en asuntos de guerrillas y gobierno de bota y espadón. Escalofriante. Tú. Virgilio, suspiraste:

– Cuándo llegará el día en que Guatemala disfrute de un gobierno civil como el de ustedes, en México.

Me interrogaron acerca del presidente de mi país. Qué tiempos. Reinaba entonces Echeverría, que sería sucedido por la danza alucinante de la(s) pompa(s) y circunstancias de López Portillo, y más tarde por esa sórdida galería de los tan mediocres cuanto rapaces que llegaron después.

– Cuándo tendrá Guatemala un gobierno civil, como ustedes.

Un trago al tinto; al desgano, me acuerdo. Pero años más tarde, por fin, llegaría para ustedes el presidente civil. Al tomar posesión de su cargo Cerezo Arévalo iba a clamar, índice parado, las promesas de catálogo;

– ¡Por mi pueblo!

Lo usual. (Sigo mañana.)


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