SERGIO SARMIENTO*
SERGIO SARMIENTO*

“La pasión por la destrucción es alegría creadora”

Mijaíl Bakunin

 

Dos consecuencias sociales de los sismos del 7 y el 19 de septiembre llaman poderosamente la atención. Una es la enorme solidaridad de los mexicanos para sus semejantes en un desastre natural. La otra es su desprecio por los políticos.

Quizá es comprensible. Tenemos una pésima clase política. Casos como el de Javier Duarte y otros gobernadores han fortalecido la percepción de que todos los políticos son corruptos. No ayudan en nada las acusaciones de corrupción de los propios políticos y sus partidos contra los políticos y partidos de otros signos. Todos los políticos declaran que ellos, y sólo ellos, son honestos, y sostienen en cambio que todos los que no piensan como ellos son corruptos. La paradoja es que cuando un político está en el partido de uno es honesto, pero si se va a otro automáticamente se convierte en corrupto, aunque si regresa se vuelve honesto nuevamente.

Un mensaje retuiteado por Emilio Álvarez Icaza, quien aspira a una candidatura presidencial independiente, afirmaba: “El gobierno tiene daño estructural. Urge demolerlo”. Este juego, sin embargo, es peligroso. Busca destruir las instituciones con la idea de que algo mejor debe salir necesariamente de las ruinas. Pero ésta no es la experiencia que tenemos ni en nuestro país ni en el mundo. De la destrucción sólo surge destrucción y pobreza.

El problema es que nos han enseñado desde niños que las revoluciones son heroicas y llevan a construir mejores países. La verdad es otra: son raras las revoluciones que mejoran la situación de una sociedad. La Revolución Francesa llevó primero al Terror y después a la dictadura de Napoleón, quien se lanzó en una guerra de conquista contra toda Europa y se coronó a sí mismo emperador para no ser menos que Luis XVI. La Revolución Rusa creó una dictadura peor que la del zar Nicolás II en la que Stalin mató por hambre o ejecuciones a cuando menos 10 millones de rusos. Mao Zedong, todavía reverenciado por el gobierno chino, mató a unos 70 millones de compatriotas por hambre y ejecuciones.

Incluso en México las revoluciones han resultado mortíferas y al final incapaces de construir un mejor país. La Guerra de Independencia produjo entre 250 mil y 500 mil muertes, pero además ocasionó una recesión económica que duró medio siglo. La Revolución Mexicana mató a un millón por guerra y enfermedad, retrasó por lo menos una década el desarrollo del país y se saldó con el surgimiento de un régimen de partido único que retrasó durante décadas la adopción de la democracia.

Hoy vemos a grupos que dicen que demoler el gobierno y las instituciones es la mejor solución para los problemas evidenciados por el terremoto. Algunas voces afirman que los sismos del ‘85 fueron el inicio de la democracia mexicana. Qué mala memoria. Los sismos de ese año fueron, si acaso, el preludio de los fraudes electorales de 1986 en Chihuahua y de 1988 en el país. Lo que hizo el ‘85 fue promover el surgimiento de una serie de agrupaciones políticas, como la Asamblea de Barrios o Nueva Tenochtitlán de René Bejarano y Dolores Padierna, que son los usufructuarios del actual sistema corporativista de la Ciudad de México.

Entiendo el hartazgo con las instituciones. Hemos permitido que éstas sean controladas por grupos corruptos que gastan más y dan menos resultados. Pero demolerlas no sería la solución. Todo lo contrario. Esto generaría un río revuelto que dañaría a las mayorías y sólo beneficiaría a unos cuantos.

 

Subsidio a partidos

El subsidio público a los partidos ha sido una pésima idea. Hay que cambiar las reglas. No es posible que sigamos gastando decenas de miles de millones de pesos al año de dinero público para sostener a partidos y burocracias electorales cuando no hay recursos para los servicios públicos más básicos.

 

*Twitter: @SergioSarmiento


Nuestros lectores comentan

  1. Julio César Vargas

    Claras y contundentes palabras. Dentro de la enumeración de las revoluciones, faltó la que ha acabado con Venezuela. Tal vez, la cercanía de la misma y que ésta aún no termina, hizo que el escritor la obviara. Y quizás también, porque todavía no se puede cuantificar los daños causados y las muertes