FRANCISCO LEANDRO
FRANCISCO LEANDRO

Hace algunas semanas, un amigo me confesó el porqué de su estado de ánimo; lo vimos retraído, ya no comentaba igual en nuestro grupo de Whatsapp y ya no enviaba la selección de material erótico que tanto nos gustaba.

Me dijo que su prometida estaba a punto de romper todo compromiso e ilusión por el hecho de haberse percatado del flujo de imágenes y videos en nuestro selecto, fiel, maduro a veces, y otras inmaduro grupo de amigos.

De ahí me puse a reflexionar sobre la afición por el erotismo, pornografía, o como le llaman las revistas finas ahora: “entretenimiento para adultos”.

Sería por la cercanía con Estados Unidos que cuando éramos jóvenes, en la mera “edad de la punzada”, al escuchar Playboy, se nos hinchaba el corazón y muchas otras cosas, novateábamos en las peluquerías o husmeando en el cuarto del tío soltero, hojeando con nerviosismo, un ojo a la coneja y otra a ver quién viene.

Ahora podemos hacerlo desde la privacidad de nuestro teléfono móvil, porque es eso, privado; y muchas personas no pueden ni quieren entenderlo.

¿Qué Playboy siempre ha tenido entrevistas y recomendaciones interesantes?

Lo supe hasta la muerte de Hugh Hefner.

Como en toda industria, hay cosas buenas y cosas malas, los grupos feministas y otros redentores de cualquier cosa están en contra de algo tan natural para nuestra actualidad mercantilizada, que es vender y comprar imagen.

Señoras: si la que sale en la foto gana dinero y el que está de este lado tiene dinero para comprarle sus fotos a Hefner. ¿Cuál es el problema?

Me gusta el erotismo, como a cualquier animal, hembra o macho, como a ti que lees esto.

Con Internet las cosas cambiaron, y se empezó a publicar la privacidad de la gente, pero ése es otro tema, ah, también hay a quien le gusta que sus videos sexuales se vean en la red, y son millones, y hasta ganan dinero.

Señores: La nalga vende, y vende bien, y qué bueno que sigan rolando las imágenes mientras no se dañe a nadie.

El morbo, las rendijas, la ropa interior, las modelos, los sueños guajiros, los viejitos raboverde, las muchachas con aspiraciones, el rico con mansiones, el pobre con El Libro Vaquero, las nudes con permiso de lo que sea siempre van a existir.

Viva la libertad, viva el amor, viva la sexualidad… ¡Viva la chaqueta!

Ah, y muera el mal gobierno, no se me vaya a tachar de “derecho” por ver a conejitas con traje de baño dorado y con una bandera yankee en las manos.


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