Tomás Mojarro
Tomás Mojarro

Esas torres de Dios que crispan su voz frente a las masacres de Tlatelolco, Rivera de San Cosme, Aguas Blancas, Acteal, San Fernando, Tlatlaya, en fin…

 

Sabrás del hombre y el sudor colmado, – polvo en el polvo rendirás tributo, – y procrearás un hijo asesinado…

Los poetas esta vez, mis valedores, esas torres de Dios que crispan su voz frente a las masacres de Tlatelolco, Rivera de San Cosme, Aguas Blancas, Acteal, San Fernando, Tlatlaya, en fin… Digo Tlatelolco y quiero decir masacre,  carnicería, Campo Militar y represión, y memoria histórica lacerada, distorsionada, asesinada por el Sistema de poder. Es Tlatelolco, es el matancero, es México, nuestro país. Poetas.

Horacio Espinosa Altamirano. ¿Alguno de ustedes lo conoce, lo habrá oído mentar? Su obra, ¿alguno la habrá leído? Leerla deja un regusto ácido, amargoso, y con razón: el poeta malvivió toda su vida tiempos anubarrados que culminaron en la represión que a los poetas se infirió a consecuencia de lo ocurrido en Tlatelolco hoy hace ya cuarenta y nueve años. Un pedazo de su biografía personal lo vivió –lo pudo sobrevivir– empozado en alguna de las celdas del Campo Militar No. 1, que el Sistema de poder mantenía –¿mantiene?– para alojamiento de descontentos del régimen. Para poetas como Espinosa Altamirano, pongamos por caso.

Tiempo después, ya en libertad, a modo de purga con qué eliminar toxinas de aquella malaventurada experiencia, el poeta y varón enterizo se dio a la creación de su Códice Mayor, donde en un abundoso borbollón de metáforas vació su experiencia bajo la bota y el espadón al servicio de aquel PRI-Gobierno autoritario y represor que sembró de víctimas Tlatelolco. Y un detalle más, para mí doloroso porque Horacio fue amigo mío: antes de tiempo se nos vino a morir (la muerte siempre llega antes de tiempo). Desde allá, de por los rumbos donde el poeta se había refugiado, sus familiares me comunicaron la ruda noticia: el varón de virtudes y luchador social incorruptible abandonó esta vida apenas, a penas, hacía un par de días. Hoy, para el huésped del campo militar y a su memoria aquí algunas de sus referencias poéticas al Dos de Octubre:

¿Siempre –ayer, ahora y siempre– Tezcatlipoca, Espejo de la Muerte, – ordenará el festín, la necrofagia – con la carne y el espíritu del Hombre? ¿El genocida siempre –ayer, ahora y siempre–? – ¿El códice hablará de la serpiente alada – porque la mano – tiembla ante el tatuaje sanguíneo y homicida?

Fue aquel Dos de Octubre, mis valedores. Que la memoria histórica no se nos borre ni se nos diluya, que se mantenga en nosotros viva y actuante; que seamos capaces de aprender y aprovechar las lecciones que nos legó la vertiente obrero-estudiantil del proceso que se inició mucho antes de 1968. Mientras tanto, los rastros del matancero suelen aparecer en los matutinos año con año, su redacción casi siempre idéntica:

El Gobierno del Edo. de Puebla, familiares, amigos y colaboradores del Sr. Lic. Don Gustavo Díaz Ordaz, Pres. de México 1964-1970, le invitan a la ceremonia conmemorativa de un aniversario más de su fallecimiento, que tendrá lugar el próximo 15 del presente a las 11 horas, en el Panteón Jardín de esta ciudad.

Semejantes nostálgicos, sin importarles las ampollas que puedan lastimar en quienes conservan intacta la memoria histórica (muy pocos, lástima), se congregan en un aquelarre anual y a discursos prosopopéyicos ofician el rito del responso y las exequias ante los podridos despojos mortales del matarife que valido de sus cuarteleros ametralló, masacró, encarceló e hizo desaparecer a luchadores sociales (ahí nomás, escondido, Echeverría.)

Es Díaz Ordaz. Es México, nuestro país.

Horacio Espinosa Altamirano. (A su memoria.)


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