ALBERTO CHIU
ALBERTO CHIU

Por mayoría de votos en el Congreso del Estado, ayer nuestros distinguidísimos diputados locales se aventaron otra que va directo al chiquihuite de las iniciativas pueriles: aprobaron modificar el Código Familiar del Estado de Zacatecas, con el presunto objetivo de que los oficiales del registro civil “orienten” a los papás de un recién nacido, para que éstos no vayan a tener la ocurrencia de ponerle un nombre que, más adelante en su vida, pueda ser motivo de que lo discriminen o se burlen de él.

Dice, a la letra, el párrafo que le agregaron al artículo 37 de la citada ley: “El Oficial del Registro Civil orientará a quien presente al menor para que el nombre propio con el que se pretende registrar no sea peyorativo, discriminatorio, infamante, denigrante, carente de significado, o que constituya un signo, símbolo o siglas, o bien, que exponga al registrado a ser motivo de burla, con el objeto de que el mismo contribuya, adecuadamente, al desarrollo de su identidad”.

Yo nada más pregunto: ¿quién será el encargado de valorar, calificar o tener la última palabra sobre cuáles nombres son peyorativos o discriminatorios? ¿Qué clase de cultura general deberán tener esos servidores del Registro Civil, para que no vayan a pensar que los nombres propios que no entiendan son “carentes de significado”? ¿Cómo evaluarán esos funcionarios si en el futuro un niño será o no víctima de bullying nomás porque se llama como se llame?

Y peor tantito, ¿qué garantías le darán a los papás de que, si le cambian el nombre pretendido para el bebé por registrar, el nuevo nombre que escojan –luego de ser convencidos, claro, de cambiarlo– contribuirá “adecuadamente, al desarrollo de su identidad”? Hombre, prácticamente le están pidiendo a los servidores del Registro Civil que tengan una bola de cristal al lado, para ver ahí que si le ponen a un niño “Kaká Alejandro Pérez y Pérez”, dentro de 8 o 10 años habrá otro niño que le quite el acento al primer nombre y se burle de él.

Pero la cosa no para ahí, pues según comentan quienes lo vieron y oyeron, hasta hubo algunos ejemplos que pusieron los diputados –particularmente la priísta Isadora Santiváñez– como “nombres peyorativos o discriminatorios”, entre los que incluyeron, por citar sólo alguno: Nikté (de orgullosísimo origen maya, que significa flor, ¡qué nombre más hermoso!), o Nahala (que en hebreo significa herencia), o varios otros nombres incluso de personajes de la farándula o del mundo deportivo, ¡todos famosos!

¿Y qué importa cómo se llame el niño o niña? ¿Qué importa si sus padres son admiradores de un club de futbol o de un artista en especial, y quieran continuar su admiración en el nombre de sus hijos e hijas? Me parece que el verdadero “desarrollo de su identidad” no se da a partir del nombre, sino al revés: son las personas, con sus cualidades y defectos, con sus experiencias de vida, educación y enseñanzas, además de lo que por sí mismas aporten de sus propias decisiones, las que darán peso o ignominia a su nombre.

Vamos pues, que se ponen nuestros diputados a legislar semejantes estupideces (lo creo sinceramente así), en lugar de revisar o emitir legislaciones en materia de educación para reforzar el respeto a la dignidad humana, a la persona misma, a las instituciones, etcétera.

Si se pusiera un poquito más de atención en esos rubros (que sólo son unos cuantos) estoy seguro que se acabaría con el bullying y muchas otras formas de denigración y discriminación. Lo que han hecho es reconocer que basan sus parámetros de evaluación de una persona ¿dependiendo de cómo se llame? Ya valió gorro…

La educación cívica, como tal, tiene que retomarse plenamente en todos los centros escolares para promover que a un niño que se llame Brayan o una niña Nikté, se les respete igual que a los que se llamen José o Guadalupe. El nombre es lo de menos, la persona es lo de más, pero parece que hasta ahí no llega el entendimiento. Nuevamente, un llamado: ya pónganse a trabajar en lo que sí importa, por favor.


Los comentarios están cerrados.