Armando Fuentes Aguirre
Armando Fuentes Aguirre

Muchas cosas han cambiado en el mundo y en México desde la época don Adolfo Ruiz Cortines, pero en el PRI nada ha cambiado. Como dicen en Veracruz: “¡Uta!”

 

Don Afelio era un caballero de los de antes, de chaqué y bombín, de polainas y bastón de junco. En cierta ocasión le fue presentada una señora cuya principal característica –o cuyas dos principales características– era un espléndido tetamen que por su volumen y turgencia le desbordaba el pecho y se adelantaba como elevada proa de navío, por lo cual se podían ver las rotundidades de su munificente busto y la sugestiva división entre sus dos partes componentes, división que en lengua inglesa se llama cleavage, y que en español no sé si tenga nombre, pues cuando se trata de estas cosas no me detengo en gramatiquerías. Se inclinó don Afelio ante la bien dotada fémina y le dijo con galantería: “Beso a usted las manos, señora. Claro, como segunda opción”. Don Jacinto B. Treviño (la B. es de Blas) fue un coahuilense de gran mérito. Revolucionario, maderista al principio y carrancista luego del proditorio asesinato del Apóstol, alcanzó el grado de General por méritos en campaña. Acabadas las luchas intestinas se dedicó a la política. Ayudó a fundar el PARM, Partido Auténtico de la Revolución Mexicana, a través del cual se buscó dar a los militares participación en la vida republicana. Don Jacinto quiso ser gobernador de Coahuila, y le pidió al Presidente Ruiz Cortines, veracruzano él y por lo tanto hombre de ingenio, que le concediera ese deseo. “No me pidas semejante cosa –le dijo don Adolfo–. Esto del gobierno es una carga muy pesada. Soy tu amigo, y no te voy a exponer a las fatigas y quebrantos que conlleva el ejercicio del poder. A tu edad tienes derecho ya al descanso y a la paz de la vida en el hogar”. Se conmovió don Jacinto con la preocupación que mostraba el Presidente por su bienestar, y le agradeció esa muestra de amistad. Días después se enteró de que don Raúl Madero, otro destacadísimo militar, había sido designado candidato del PRI al gobierno de Coahuila. En la primera ocasión que tuvo le hizo un dolido reclamo al Presidente: “Me dijiste que no me enviabas a Coahuila por causa de mi edad. Raúl anda por mis mismos años, y a él sí le das la candidatura”. Le contestó don Adolfo: “Es que, como te dije, a ti te quiero mucho. A Raúl no lo quiero nada; por eso lo hago gobernador”. ¿A quién nombrará Peña Nieto su candidato a sucederlo? Porque será él, y nadie más –ni siquiera “la mafia en el poder”– el que designará al candidato priista. Seguramente lo tiene ya in péctore, o sea en secreto. A su debido tiempo lo expectorará. El ritual que lleve a cabo el PRI para dar a conocer al candidato será eso, mero ritual a fin de concretar la voluntad presidencial, igual que sucedía en los pasados tiempos. Muchas cosas han cambiado en el mundo y en México desde la época don Adolfo Ruiz Cortines, pero en el PRI nada ha cambiado. Como dicen en Veracruz: “¡Uta!”. Doña Panoplia de Altopedo, dama de buena sociedad, reprendió a su mucama Florilina. Le dijo con severidad: “Anoche vi cómo te besaba tu novio en lo oscurito”. “¡Uy no, señora! –respondió asustada la muchacha–. ¡Me besó en los labios nada más!”. El ciempiés macho se casó con el ciempiés hembra. La noche de las bodas la llevó a la cama, enamorado, y empezó a decirle: “Abre las piernitas, mi amor. Abre las piernitas, mi amor. Abre las piernitas, mi amor.”. Don Languidio Pitocáido, señor de edad madura, lo contó desolado a un amigo: “Fui a una farmacia a comprar una pastilla de Viagra, y el farmacéutico no me la quiso vender”. “¿Por qué?” -preguntó el amigo, extrañado. Respondió con tristeza don Languidio: “Me dijo que no tenía caso ponerle astabandera nueva a un edificio que está ya por derrumbarse”. FIN.

 

MIRADOR

Ayer fui a saludar a Panchito con motivo del día de su santo.

Su santo es él mismo, pues Panchito llamamos con cariño a San Francisco de Asís los vecinos del barrio de Santiago, en Saltillo, que vivimos a la sombra de su antiguo templo.

Franciscana era mi abuela Liberata, y franciscana también doña María, la madre de mi esposa y segunda madre mía. Sin merecerlo soy devoto del Poverello, que no sólo amó a la pobreza, sino que la desposó. Conoció la poesía que hay en la santidad y la santidad que hay en la poesía. Fue tan humilde que le puso apellido a la humildad. Siempre decimos: “humildad franciscana”.

Ayer acudí a la casa de Panchito, igual que cada año, y le pedí que me haga instrumento de su paz, y que me infunda el amor que tuvo por todas las criaturas.

Con ese amor y esa paz quiero llegar al fin del camino. Y con su pobreza. Eso sería mi riqueza mayor.

¡Hasta mañana!…

 

MANGANITAS

“. El Bronco dejará el gobierno de Nuevo León para buscar la Presidencia.”.

Seguro no llegará;

sus empeños serán vanos;

pero todos sus paisanos

le agradecen que se va.


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