TOMÁS MOJARRO
TOMÁS MOJARRO

La imagen y los recuerdos de Ernesto Guevara siguen presentes en el lugar donde se localizó su cadáver, que se ha convertido en una especie de santuario

(Mi retablillo anual)

Ahí estamos. Nostálgicos. Reverentes. En el muro, un cartel con la vera efigie de la inmarchitable juventud. Rostro iluminado. Luminosas pupilas siempre abiertas a la luz. Gorra guerrillera con esa estrella en la frente: Sierra Maestra, Bolivia.

Ernesto Guevara, mis valedores. Su vida toda cabe en dos fechas próximas entre sí, que tal cuadra a un varón de combate como el Che Guerrillero: mayo de 1928 y octubre de 1967; sus andanzas de varón hazañoso caben, al propio tiempo, en dos nombres geográficos: Rosario, Argentina; La higuera, Bolivia. Y no más. El Che Comandante.

Ideólogo, político, militante de la Revolución Cubana y alto funcionario del gobierno de reconstrucción nacional, hace 48 años lo asesinó la CIA norteamericana con la mano del gato militar boliviano. Yo, que abomino el culto a la personalidad y que siempre rechacé la táctica del “foquismo” y la guerrilla en general, admiro la generosidad del iluminado que echó por delante la vida detrás del ideal. Patria o muerte; venceremos. Libre, Cuba venció. Aquí y ahora traigo ante ustedes la vera imagen del único héroe a la altura del arte, del tiempo, de nuestra aldea global. Por fotos y crónica recuerdo al guerrillero tendido en la tierra boliviana, bolivariana, y con el poeta digo de él:

Su cadáver estaba lleno de mundo.

Al guerrillero argentino-cubano lo asesinaron en  alguna escuelita perdida en La Higuera, tierras bolivianas. Tenían miedo del eco que su voz hubiera levantado desde la sala de audiencias; tenían miedo de comprobar que el hombre que ellos odiaban era querido en todo el mundo. Ese miedo contribuirá a perpetuar su leyenda; y a una leyenda no le entran las balas. Un  milico lo remató, tenientito borracho y pusilánime. Mario Terán se llamó en vida, aunque dudo que nunca haya vivido. Dudo que viva todavía. A la hora del asesinato lo vieron acobardarse. El héroe:

-Póngase sereno y apunte bien. ¡Va a matar a un hombre!

En fin. La imagen y los recuerdos de Ernesto Guevara siguen presentes en el lugar donde se localizó su cadáver, que se ha convertido en una especie de santuario debido a que decenas de turistas y admiradores han llegado a la localidad de Vallegrande, en el sudeste de Bolivia, para depositar una flor, encender una vela o recoger como recuerdo un poco de tierra de la fosa común donde de halló al Che y otros seis guerrilleros. Jóvenes, mujeres y hasta niños encuentran el modo para bajar a la fosa y llevarse algo de la tierra donde estuvo por casi 30 años el cadáver del guerrillero. Manos anónimas colocaron una cruz de madera con una sola inscripción: “El Che vive”.

Vive, sí,  por supuesto, por más que el guerrillero había aceptado morir en cualquier instante, y aun solía asegurar que su sacrificio nada iba a significar, que no sería más que un accidente en el curso de la revolución mundial, y que dependía de cada uno de nosotros hacer de su sangre simiente. “Hay hombres todavía más peligrosos muertos que vivos, aun si aquellos que les tienen miedo cortan las manos de su cadáver, incineran su cuerpo, esconden sus cenizas. Así era él”.

Para nosotros  el Che empieza ahora a vivir.

“Hombre nuestro que estás en los cielos – del estaño y del cóndor – santificado sea tu nombre, venga a nos tu reino – de paz, de pan y de justicia.- Hágase tu voluntad de hombre vivo – porque no podemos tenerte muerto”

Y la paz. Ernesto Guevara. (A su memoria.)

 


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