ALBERTO CHIU
ALBERTO CHIU

Como si el destino (o la voluntad divina, o vaya usted a saber quién o qué fuerza superior) se empeñara en contradecir las “buenas intenciones” del gobierno del estado por brindar paz a los zacatecanos (ya no digamos seguridad pública), este jueves culminó con una cifra récord de ejecuciones en un sólo día, al llegar a 9 la cuenta de muertes violentas en diversos municipios de la entidad.

La gran mayoría de ellos, si no es que todos, parecerían estar relacionados (eso lo determinará la autoridad) con el crimen organizado y las bandas delictivas que se disputan este territorio, y aunque algunos tuvieron lugar en zonas despobladas, otros se registraron –para espanto de muchos– en zonas urbanas plenamente pobladas, enfrente de medio mundo. ¿Cuál paz?

La presencia de corporaciones policiacas locales (estatal o municipales) auxiliada por fuerzas federales, no parece detener –o siquiera inhibir aunque sea un poco– las acciones de estos grupos delincuenciales que, aunque sea como lo justifica el gobierno (“se están matando entre ellos”), de todos modos provocan en la ciudadanía el sentimiento de desazón e incluso de desamparo, que provoca la llamada “percepción de inseguridad”.

Ya no se trata de discutir sobre si los términos “inseguridad” o “violencia” son dos cosas distintas y separadas; no se trata de considerar que el número de víctimas inocentes es ínfimo; ni de pensar –como lo hacen algunos funcionarios– que los muertos están muertos porque algo debían, porque estaban metidos en actividades que les acarrearon perder la vida.

Se trata, más bien, de revisar una y otra vez las estrategias y los protocolos de seguridad que siguen como autoridades; de reconocer que tal vez las estrategias actuales son insuficientes no sólo por la falta de personal capacitado, calificado y certificado como policías, sino por las razones que el mismo secretario de seguridad reveló en su reciente comparecencia, como la presencia de “prietitos en el arroz”, al referirse a la posible infiltración de la delincuencia en sus corporaciones, o como el reconocimiento de que ya casi nadie quiere ser policía, precisamente por el peligro que representaría no sólo para la persona, sino también para su familia.

Tan sólo en esta semana, que me parece ha sido la más sangrienta hasta el momento –a menos que alguien aficionado a la historia me corrija–, hasta este jueves se han registrado unos 25 asesinatos violentos, sin que se haya dado a conocer una sola detención de los posibles autores de dichos crímenes.

Las labores de inteligencia, ésas que el gobernador dijo fue a pactar con la Secretaría de Marina, al parecer todavía no surten efecto (quizás ni siquiera hayan empezado, no sabemos), y mientras tanto una ola de sangre cubre una buena parte, importante, del territorio estatal. En la calle, la gente lo comenta a diestra y siniestra, y mientras algunos expresan su condolida empatía con el gobierno porque no se puede hacer más, otros de plano escupen su ira por… pues por lo mismo, porque no se hace más.

Ante toda esta situación, me imagino que los colaboradores del gobernador estarán buscando la mejor manera de comunicarlo a la ciudadanía, y por supuesto estarán aportando ideas para que Alejandro Tello tenga la mejor respuesta para los inevitables cuestionamientos de los medios de comunicación. O bueno, al menos eso sería lo deseable, ¿no? Porque la ciudadanía seguirá cuestionando al gobierno, a través de los medios, qué se hace y qué se hará para regresar esa paz que tanto se ha prometido, y que aunque de entrada sabemos que no es algo que se logre de la noche a la mañana, pues por lo menos hay que dar algún primer paso. ¿Cuál será éste?

Quizá todo este asunto sea resultado de la desvalorización del ser humano; quizá en educación se tenga mucho que hacer en los planes de estudio para reforzar los valores; las estrategias de reinserción social en las cárceles; las políticas de generación de empleos y del deporte para la prevención… y muchas otras cosas más, si les importa la paz, claro.


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