RICARDO MONREAL ÁVILA
RICARDO MONREAL ÁVILA

La agenda desmanteladora del gobierno del seño Trump hacia México está caminando. No con la celeridad que la Casa Blanca quisiera, pero sí con la visión y en la dirección indicada desde hace casi dos años.

Esta visión ubica a México como la principal amenaza para la economía y la seguridad norteamericanas, a la que se debe hacer frente con la construcción de un muro secesionista y con la cancelación del Tratado de Libre Comercio, que presuntamente ha reportado más beneficios a los mexicanos que a los norteamericanos.

Y si ambas acciones, la cancelación del TLC y el muro, no redujeran la amenaza mexicana, entonces no habría otra opción que intervenirla militarmente (¿ya se olvidó la frase de campaña “quiero ver que hará México frente a un ejército norteamericano renovado con jóvenes y armas”?).

Gracias a los pesos y contrapesos de la democracia norteamericana (cámaras legislativas, poder judicial, opinión pública y organizaciones civiles), la agenda antimexicana no ha avanzado más lejos (las deportaciones masivas de migrantes mexicanos es el punto más rezagado), pero que Washington no ha renunciado a ella en sus partes medulares lo demuestran los cinco prototipos de muro que se están levantando en la frontera sur de EUA y las condiciones crecientemente inadmisibles que está planteando el grupo negociador del señor Trump en la ronda de negociaciones del TLC (un plazo de vigencia de 5 años del nuevo tratado, un componente norteamericano del 50% en los autos armados en la región y crecientes restricciones fitosanitarias a los productos agrícolas mexicanos).

En contrapartida, la agenda de México para tratar de convencer, al gobierno de Trump y a las élites de poder y de opinión del vecino país, de que México no es el peligro que dicen, está más que rezagada. Simplemente no se ve por ningún lado una estrategia diplomática, mediática o política al respecto.

Por si fuera poco, el próximo año es electoral, tanto en México como en Estados Unidos. Aquí elegiremos presidente de la República, la totalidad de la cámara de diputados y de senadores, así como elecciones locales en 30 de las 32 entidades federativas, donde habrán de elegirse nueve gobernadores, 27 congresos locales y los ayuntamientos en 26 estados de la República. En total, 3 mil 326 cargos de elección popular el primer domingo de julio del 2018. Nunca antes habían concurrido ese número de elecciones federales con locales, lo cual hace inéditos desde ahora esos comicios, donde veremos si la política nacional arrastra a la local, o viceversa.

En Estados Unidos, por su parte, el 6 de noviembre del 2018, se elegirá la totalidad de la cámara de representantes (el equivalente a nuestros diputados) y 33 senadurías, donde la administración Trump buscará ganar votos haciendo previsiblemente del muro y de la cancelación del TLC con México su principal marca de venta electoral.

 

El muro y un TLC cancelado o disminuido tendrán efectos electorales en México. La forma como procesen y definan sus posturas los candidatos presidenciales mexicanos en ambos temas les llevará o les quitará votos. Hasta el momento, AMLO sigue siendo considerado por la mayoría de los electores como el más capaz para sortear estos eventos.

Pero las clases medias mexicanas (especialmente en el norte del país), altamente receptivas a las posturas de Washington, serán susceptibles a cualquier opinión sobre los aspirantes presidenciales mexicanos.

Aquí es donde los candidatos de la derecha mexicana buscarán ganar votos para sí y alentar votos para la izquierda. Nunca como el próximo año, la amenaza de intervención política directa desde Washington estará presente en el país. Sin TLC, con un muro en construcción y con un intervencionismo norteamericano activo, la elección presidencial mexicana luce desde ahora vulnerable y frágil.


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