ALBERTO CHIU
ALBERTO CHIU

A ver, alguien explíqueme: ¿cómo le hace un muchacho (o muchacha, para ser equitativos) de secundaria o preparatoria para introducir a su escuela –sin que nadie pueda notarlo– un cigarro de marihuana, o unas pastas, o una bolsita con cocaína… o hasta una navaja o una pistola cargada? ¿La mete en la mochila, en los bolsillos de su pantalón o su chamarra, o cómo? ¿Y qué pueden hacer en la dicha escuela para detectarlo y, en consecuencia, actuar adecuadamente?

Son preguntas que desde hace mucho nos planteamos muchos de quienes somos padres de familia de jóvenes en secundarias o preparatorias o universidades, simplemente basándonos en las estadísticas que las propias instituciones públicas dan a conocer y que ayer, por ejemplo, reconoció la titular de la Secretaría de Educación de Zacatecas, Gema Mercado Sánchez, al hablar de todo lo que ha provocado el nivel de inseguridad que se vive en la entidad.

Esa circunstancia, dice la doctora Mercado Sánchez, que detona “discordia entre la sociedad” ha provocado (en número afortunadamente menor) que haya jóvenes al menos de secundaria y de bachillerato que, dando continuidad a la violencia extraescolar, la lleven al interior de sus centros educativos y pongan en riesgo a toda la comunidad de cada uno de esos planteles.

¿Cuáles son esas escuelas donde se ha detectado el ingreso de drogas o armas, o la presencia de focos rojos en bullying o acoso escolar? Es obvio que darlas a conocer sería contraproducente, pero lo que sí debe suceder es el inicio de exhaustivas y prudentes investigaciones –tanto de la autoridad educativa como de la judicial, cuando corresponda–, aunado al trabajo intensivo con especialistas en la psicología de los adolescentes y jóvenes, la labor coordinada de escuelas y padres de familia, y la atención inmediata del Estado, quien tutela a todos ellos.

Ese debe ser un muy buen primer paso para combatir, en la práctica cotidiana, tanto el consumo como la venta de drogas a menores de edad, así como para detectar aquellos casos de núcleos familiares que están poniendo en riesgo a sus hijos y, por ende, los ambientes donde éstos se desenvuelven, ya sea con los amiguitos del barrio, o los compañeros de la escuela.

¿Y qué papel juegan los profesores en todo esto? Uno muy importante. Un profesor que hace su trabajo con amor y dedicación, encuentra en sus alumnos el destinatario de ese amor y dedicación. Y si le preocupan sus alumnos, estará atento a cualquier mínimo cambio de conducta, a cualquier indicio de que uno de ellos está en peligro de drogarse, o en riesgo de agredir a sus compañeros o hasta a sus maestros y directivos. Ese profesor estará más atento cuanto más los conozca, los trate de entender y de comprender su estatus familiar y su entorno social. Y vaya que no es un trabajo fácil.

De unos años para acá, me sorprende seguir escuchando una frase utilizada por algunos docentes, que dicen que “la educación se mama en casa, a la escuela vienen a instruirse”, pues me parece una burda manera de zafarse de aquella responsabilidad que los viejos profesores de escuela no predicaban, sino practicaban todos los días y no sólo en horas de clase, sino incluso conviviendo con las familias de sus educandos y haciéndoles partícipes de lo que sucedía dentro de las aulas escolares.

No es excusa el que ahora se diga que las distancias son más grandes, que las familias tienen menos comunicación con la escuela, que hay poco contacto… cuando hoy por hoy las propias tecnologías nos han facilitado mucho más la comunicación. La verdad es que esos son sólo pretextos para no involucrarse, ni los papás con la escuela, ni la escuela o los maestros con las familias enteras.

Si la violencia exterior se ha infiltrado ya a los centros escolares, ¿qué mejor medida que el de hacer un frente común entre familias y docentes/directivos, para conocer y saber orientar mejor a los hijos/alumnos? Reconozcámoslo: esto está sucediendo porque nosotros, en buena medida, lo hemos permitido como sociedad. Depende de nosotros –todos, en conjunto– luchar también contra ello.


Nuestros lectores comentan

  1. No estoy de acuerdo contigo, los profesores no pueden hacer el trabajo que corresponde a los padres de familia y al gobierno, si al menos dijeras que es tarea de todos, pero no, solo culpas a los maestros. Yo he escuchado comentarios de profesores a los que los mismo alumnos los tienen amenazadas, creo que no te das cuenta de la situación en la que vivimos en todo Zacatecas, cuando quiere comparar aquellos años en que había tranquilidad y no había tanto delincuente juvenil como los hay ahora, y lo digo y lo repito, si todos esos “delincuentillos” tuvieran unos padres responsables otro gallo nos cantaría, Ya deja de justificar a los irresponsables padres de familia, ellos no lo necesitan ellos por su irresponsabilidad han provocado este caos