ALBERTO CHIU
ALBERTO CHIU

La reciente incursión de “sujetos armados” (así se refirió a ellos la diputada panista Lorena Oropeza) al recinto del Poder Legislativo quedará para la posteridad, si bien nos va, como sólo una anécdota más de las patinadas y errores que nuestros representantes populares tienen, pero que, en este caso en particular, se levantará como una muy bonita cortina de humo para tapar lo que ya quedó de manifiesto: que no quieren ser exhibidos en su desfachatez y su falta de disciplina.

Resultó –después de dos días de explicaciones no pedidas o acusaciones manifiestas– que los famosos “sujetos armados” no eran otros que policías estatales, quienes, a decir de varios enterados, habían acudido a petición de la propia Legislatura para ponerse de acuerdo en el ofrecimiento de un curso de defensa destinado al personal de seguridad de la Legislatura. Entonces ¿para qué armar tanto argüende, como si no supieran nada ni se enteraran de quiénes eran?

Fueron los propios diputados quienes subieron de tono, hasta llegar al escándalo simplón y además ridículo, la noticia de una presunta “violación a la soberanía del Congreso”, un “atentado” contra la seguridad no sólo de los diputados, sino de tooodo el personal que ahí labora y de los cientos y cientos de ciudadanos que todos los días van a solicitar algún apoyo o una gestión a los legisladores locales. ¡El horror!

Peor aún, se puso como antecedente también aquél incidente cuando unos muchachos –borrachos o drogados o alebrestados por cualquier otra cosa– le prendieron fuego a la puerta del Congreso y ésta tuvo que reponerse por una nueva. Vamos, como si fuera una “serie de atentados” que revelaron la vulnerabilidad física del Poder Legislativo… o por lo menos de sus instalaciones.

Más allá de que fuera este y cualquier otro pretexto para limitar la labor de los medios de comunicación en el recinto legislativo, y la constante exhibición de las linduras que hacen y lo que no hacen los diputados, la verdad es que efectivamente ellos mismos se dieron un buen balazo en la pata al hacer público –casi inopinadamente– que sus controles de acceso son deficientes, que falta atención y capacitación a quienes atienden los filtros de entrada, que esas instalaciones son inseguras, pues.

Pero a decir de quienes analizan estos discursos y sus antecedentes, la otra realidad detrás de semejante “confesión de parte”, no tiene otro objetivo más que el de intentar convencer a medio mundo de que ese edificio no es suficiente para nadie. O más bien… que hay que hacer un nuevo edificio para el Poder Legislativo, porque ahí ya no caben, porque hay que tener más espacio para atender a la gente, porque están “hacinados” en sus cubículos, porque es inoperante ¡hasta para los medios de comunicación!

Obviamente, con la idea o proyecto de construcción de un nuevo edificio para el Legislativo, nace la recochina duda de ¿quién o quiénes se benefician en la ejecución de una obra pública de tal envergadura? ¿a quién o quiénes de los diputados ya convencieron para que impulsen esta idea en la ciudadanía, con tal de quedarse con una buena tajada de lo que vaya a invertirse?

Exigen los diputados que se ponga atención “a lo verdaderamente importante” que sucede en el Congreso, y no a sus usos y costumbres de chacotear en las sesiones, o dormirse, o comer, o jugar en el celular… y, sin embargo, persisten en esos usos y costumbres, en lugar de efectivamente ponerse a trabajar en lo “verdaderamente importante”, que es –por ejemplo– sacar adelante el rezago legislativo que se cargan, dictaminar todo lo que tienen pendiente, darle celeridad a las iniciativas que adecúen la norma vigente a la realidad que vivimos…

Pretexto tras pretexto, todo el asunto de los “sujetos armados” ha sido, pues, esa cortina de humo que buscaban, pero que lamentablemente para ellos se disipó demasiado rápido. Ahora, habrá que exigirles más, en fin, para que sirvan de algo en el balance real de los Poderes.


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