FRANCISCO LEANDRO
FRANCISCO LEANDRO

Hablando de café soluble, segundón, recordé la fascinación que tenía Don Quico por los frascos de Café Oro, eran sencillos y le servían de recipientes para la diversión.

Todas las tardes, los ejotes, los chicharos, el hígado y el arrocito revuelto con una yema de huevo me sabían riquísimos al saber que dos monedas de la monjita me ayudarían a tener una tarde agradable, llena de juegos y dulces.

“¡Ponte los tenis de jugar, primero!”, me gritaba mi mamá cuando veía que corría a esa puerta color azul cielo, misma que golpeaba con mi moneda de a mil. Por un orificio veía venir a aquel viejito, que pasaba por un patio lleno de plantas para llegar con toda la calma del mundo para dejarte entrar a su búnker y tratarte de la mejor manera.

Era una escalera, con juguetes colgados a los costados, había pistolitas con municiones rojas, resorteras de plástico, luchadores que parecía que habían jugado a los congelados, canicas de todas, hasta toninas y gotitas; muchos dulces, lenguas de gato, polvitos Paquín, bolitas rojas, huevitos de chocolate con menta, brinquitos, de todo.

Oiga, ¿tiene cuetes?

–Cierre bien esa puerta, decía Don Quico mientras sacaba debajo de una mesa las cebollitas, palomitas, los cerillitos y los bombillos; estos últimos le provocaban cierto grado de escozor, eran peligrosos, pero eran los más vendidos.

A veces tenía plastilina, muy dura, por cierto. Un día llegué con la intención de comprar una barrita y me dijo que ya no vendía esas “peinaderas”, pregunté a qué se debía tan extraña decisión y me contestó:

“Eso es tóxico, hace daño, no ve cómo se enajenan”.

Ahora veo a los niños retorciéndose en el súper por un frasquito de dicha masa, que para nada se puede moldear como la plastilina. Pienso: “Tal vez tenía razón”.

 


Nuestros lectores comentan

  1. esos tiempos fueron los mejores aveces llegar con miedo y preguntar en otras tiendas que si vendían palomitas, las cebollitas que se cebaban sacarles la pólvora y hacer la famosa foto.