ENRIQUE LAVIADA*
ENRIQUE LAVIADA*

En medio del conteo de muertos, ese doloroso ejercicio cotidiano de los periodistas en las regiones más lastimadas por el crimen organizado, vale detenerse para pensar en el valor de la libertad, quizá como un principio esencial para defender la integridad social. Creo que, a estas alturas, sólo unos cuantos burócratas afectados por la posesión temporal del poder suponen que para nosotros es placentero llevar esas trágicas cuentas, con el único fin de vender periódicos, obtener altos índices de audiencia o éxito en las acaloradas redes sociales. Se equivocan en redondo. Nada es más desagradable para un reportero que llenar sus libretas o largas horas de su grabadora con los pormenores de una guerra que poco o nada tiene de épica y en la que frecuentemente los periodistas terminan como víctimas, por cierto.

Al tomar un respiro en mi oficina, luego de una sucesión de días violentos en Zacatecas, me topé con un artículo publicado en El País, escrito por Christopher Deloire y que, a propósito, trata sobre la violencia y el periodismo en México. El autor parte de una idea atribuida a Win Tin, periodista y líder de la oposición democrática en Birmania, uno de los países más cruelmente azotados por la pobreza, la guerra y el autoritarismo. Según su reflexión, “la libertad de información es la libertad que permite constatar la existencia de todas las otras”. Ésa me pareció una verdad contundente, pero que, para desgracia de muchos, sigue siendo inalcanzable; es decir, una verdad que merece muchas más resistencias que certezas.

Al referirme a esa carencia del sentido de libertad, me refiero (fatal ironía) a los países democráticos, no a la Birmania de Win Tin. Cuando se habla del criterio angular de la democracia, quienes están a prueba son los países y los gobiernos del mundo civilizado o del llamado “campo democrático”. Esto conduce de inmediato a los muy variados dilemas de la libertad de expresión, que sirve para expresar el valor mismo de las todas las demás libertades o, si se quiere, en un sentido inverso, aquella cuya inexistencia significa la conculcación de las demás o al menos ponerlas en tela de duda.

Ejercer esa libertad de informar en medio de un contexto de violencia supone una alteración de la vida social. Para los medios de comunicación, los dilemas suceden día a día, con la elaboración de cada nota, cada crónica del dolor del otro, cada reportaje de la tragedia que no termina y cada entrevista que pone voz a la historia de un pueblo abatido. Son las decisiones sobre la publicación de tantas y tantas fotografías y el manejo de las circunstancias de tiempo, modo y lugar, esa difícil tarea de recopilar los llamados datos duros en medio de la desgracia. Al periodista le toca ponerse frente a los familiares de las víctimas para preguntar, casi siempre, en el peor momento. Es un trabajo que resulta, al tiempo, estresante y conmovedor. Así lo consiga el propio Deloire, al rescatar los casos de mayor riesgo del ejercicio periodístico en un México alterado por la narcoviolencia. Ahí mismo se reitera que la profesión de informar es una de las más peligrosas. Es el tiempo, pues, del periodismo frente a la muerte.

En ese contexto, resultan patéticas las actitudes de ciertos sectores de la clase política, siempre empeñados en reducir, aplacar, minimizar, omitir o, de plano, ocultar los hechos y, de algún modo, confinar la libertad de información, en perjuicio de todas las demás libertades. En el colmo de esa especie de negación de la realidad, desde el poder se llega a culpar a los medios del ambiente de miedo que reina en las comunidades, en una especie de transferencia de culpas con la que tal vez los gobernantes pretenden deshacerse de las suyas. Se trata, sin duda, de una salida falsa a su incapacidad, a su indolencia, a su cobardía. Lo que en los medios se comunica es consecuencia y no causa. Nuestro compromiso con la información, a despecho de los arriba citados, es irrenunciable.

 

P.D. El momento en el que cierro estas líneas coincide lamentablemente con la noticia de que Zacatecas es el primer lugar en secuestros a nivel nacional, por arriba de estados tan violentos como Tamaulipas. No me gusta. A nadie le gusta. Pero es nuestro deber informarlo. Renunciar a esa libertad sería la peor de las desgracias para todas las demás. Es la libertad frente a la muerte.

*Director general de NTR Medios de Comunicación


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