ALBERTO CHIU
ALBERTO CHIU

La celebración del llamado Día de Muertos (que coincide con las festividades católicas del Día de Todos los Santos y el Día de los Fieles Difuntos), este 2 de noviembre, lució más o menos igual que todos los años anteriores en nuestra entidad: familias visitando las tumbas de sus seres queridos, niños y niñas “pidiendo el muerto” por muchas calles de ciudades y comunidades, reuniones en torno a la memoria de los que ya se fueron… pero con un ingrediente añadido. El miedo.

Sobre todo, el miedo experimentado por familias (menores y adultos) que, inesperadamente, fueron sorprendidos en el centro de Guadalupe y en la colonia Miguel Hidalgo por el estruendo de las armas de fuego siendo detonadas contra personas que perdieron la vida o quedaron mal heridas. Salir a pedir “el muerto”, para esas familias, no será ya lo mismo. La cicatriz en la memoria quedará para toda su vida.

Para muchas otras familias, que afortunadamente no fueron testigos de hechos de esta naturaleza, el miedo jugó también otro papel importante: ahora más padres de familia decidieron acompañar a sus hijos en ese curioso peregrinar para pedir dulces, disfrazados de calaveras o brujas o hasta vampiros. La preocupación de que algo les pasara fue más grande que la confianza en que vivamos en una entidad presuntamente “tranquila”.

Y es que en Zacatecas, principalmente en municipios como los de la zona metropolitana, Fresnillo, Jerez, Villa de Cos, Valparaíso, Villanueva, Trancoso, Calera y otros más, prácticamente todos los días han sido “días de muertos”. La cifra de personas asesinadas, que ya casi llega a los 600 en este año, sigue en aumento y las festividades no han sido obstáculo para que la delincuencia se desate.

Según la autoridad estatal, en estas celebraciones pagano-religiosas se desplegó un operativo de vigilancia tanto en los panteones como en las calles y los principales mercados y centros de concentración masiva de personas, a fin de darle seguridad a quienes decidieron sumarse a la conmemoración de sus difuntos. Pero el miedo no dejó de estar presente, y muchos optaron por diversas opciones de autocuidado, como el salir más temprano a pedir su “calaverita”, o ir en grupos a los panteones, para no exponerse.

Esas mismas medidas, como lo escribí hace algunos días, también las empieza a tomar la ciudadanía en los trayectos a las escuelas, y cada vez más padres de familia se suman a la vigilancia civil, pero el miedo no desaparece. Los hechos violentos siguen sucediéndose uno tras otro, y –quiero insistir– cada día que pasa la gente lo califica como día de muertos en cuanto se entera de cada nueva ejecución.

Las nuevas formas de la violencia (ataques en solitario, a plena luz del día, incluso a pie para escapar entre las calles cercanas) tienen a muchos ciudadanos, querámoslo o no, con una nueva forma de preocupación. Quizá no de que alguien les vaya a hacer daño intencionalmente, sino de ser víctimas de una bala perdida, o de encontrarse involuntariamente en medio de un tiroteo o cercanos a una ejecución y ser testigos de la que se desarrolla en zonas habitadas.

Y entre toda esa violencia latente que nos rodea, destacan además los hechos que se configuran como violencia de género, los ataques a mujeres porque son mujeres, que también aparentemente están en aumento sin que se vea una manera práctica de erradicarlos. Las pláticas y capacitaciones, manifestaciones y obras de teatro para concientizar sobre la violencia de género quizás den paso a una nueva cultura de respeto… pero pasará mucho tiempo para asimilarla. Será tarea de todos efectivamente llevarla a la práctica, todos los días.

Mientras tanto, en estos días de muertos que vivimos en el territorio estatal, no nos queda de otra más que insistir en exigirle a la autoridad más acciones, más presencia, más decisiones de seguridad, más legislación que combata la reincidencia, más castigos duros para quienes delinquen, más vigilancia en los penales… porque para eso son autoridad, ¿no?


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