Tomás Mojarro
Tomás Mojarro

La clínica del Seguro Social y la sala de Urgencias son el vivo, el mortecino y sufriente muestrario de la herida que sangra, la llaga infectada, la purulentosa piel y la enfermedad incurable de los esperanzados que ya nada esperan más allá de lo angosto y raído de su esperanza: el milagro de Dios.

Católicos y cristianos, dos ríos que fluyen paralelos, aunque se juntan algunas  veces y aun llegan a mezclar sus aguas. Yo soy egresado del seminario, donde me dieron a comer del árbol del conocimiento del bien y del mal y me troquelaron los dos únicos colores de la conducta humana: el blanco y el negro; sin matices, sin medias tintas, sin más. Ya es asunto mío si conociendo su diferencia abismal encuadro mis actos a dicho conocimiento. Y algo más:

A más de gramática  aprendí religión; su misterio, sus dogmas, su ceremonial. Supe  de la oración, ese vínculo del creyente con su Creador, y a propósito: vivo en una de las tantas barriadas de la ciudad, cercado de católicos que en su mayoría violan los mandamientos de la ley mosaica. Aquí y allá, espinillas en la piel de un rostro lozano, coexisten la piquera, la mancebía y el antro nocturno que funciona todo el día. Hay asaltantes y raterillos, y aquí el drogadicto y allá el violador, y dondequiera la pareja mal avenida que ya ha extraviado el amor. Hay en mi vecindario violencia intra-familiar y borrachos y desobligados y casadas que dan la espalda al marido y el frente al sancho. Fluye cada día un ancho río de necesidades: el baldado, el desempleado, el que sobrevive al día y apenas, a penas. La clínica del Seguro Social y la sala de Urgencias son el vivo, el mortecino y sufriente muestrario de la herida que sangra, la llaga infectada, la purulentosa piel y la enfermedad incurable de los esperanzados que ya nada esperan más allá de lo angosto y raído de su esperanza: el milagro de Dios.  Garapiñando la zona, la parroquia, la capilla, la hornacina callejera y la salmodia de las campanas que convocan a misa, al ángelus, al rosario. Qué de oraciones, de pedimentos y rogativas sugiere el río revenido de las necesidades que exhiben los habitantes de mi barriada, católicos la gran mayoría. ¿Entonces?

¿Por qué todo ritual religioso en los templos, a  media mañana, medio día o media noche, se resuelve en bombazos que despiertan arritmias y taquicardia, cimbran los cristales de las ventanas y despiertan el ladrido de todos los perros? ¿Por qué, siendo la oración un acto de conciencia que se cumple de piel adentro, un íntimo diálogo del alma con su Creador; por qué toda manifestación de religiosidad la resuelve el católico con el retumbar de cohetones que ni el Pentágono contra pueblos indefensos? (Y luego a chillar contra el terrorismo.) ¿El fragor de la pólvora indica religiosidad? ¿A punta de estallidos se intenta atraer la atención del Altísimo, al que por distante se le llama a bombazos, o sólo se pretende espantarle el sueño? ¿Es esa la forma de orar que las sotanas han enseñado a sus feligreses? ¿A punta de explosiones de pólvora vamos a recuperar unos valores morales que esta católica sociedad parece haber perdido de forma irrecuperable?

¿Por qué los curas permiten, por qué fomentan que a bombazos y a nombre de su Dios se violen leyes y el sosiego personal familiar, comunitario? ¿La potencia del estallido está en relación directa con el grado de dificultad del milagro que implora el pensamiento mágico? ¿Diez arrobas de dinamita para que Dios me saque de pobre y una discreta chinampina para que lave el país del narco y la corrupción impune? ¿Cuántos megatones de pólvora necesito para sacarme la lotería? ¿Y para que al fin mi vecina..? El milagro, ¿a retumbos de pólvora?

(¿Sí?)


Nuestros lectores comentan

  1. diogenes el cinico.

    Éxodo 20:30: Yo soy el SEÑOR tu Dios, (Yavhe) que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de servidumbre No tendrás otros dioses delante de mí. No te harás ídolo, ni semejanza alguna de lo que está arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra.… (Extraído de las biblias Reina Valera y la Vulgata).
    En Fresnillo esta peor el asunto hay un templo con devoción a “Señora Santa Ana” (ya andamos pues mal contradice lo anteriormente expuesto) y allí los retoques de las campanadas no son de una real campana sino que el sacristán más poderoso que el obispo (es quien manda, es quien organiza todo) pone a todas horas un disco (que en ocasiones da pena ajena porque a veces se le descompone) a todo lo que da por las bocinas que están en la torre de ese templo pone campanadas como si fueran de Londres, o de Notre Dame, a todo volumen que hasta los perros corren asustados, no le gusta poner la campana propia es un tipo muy moderno o bien un tipejo que bajo del cerro a tamborazos, y cuando se le dan quejas, él como dueño del templo corre a aquellos feligreses que entran y le hacen reclamos por el alto volumen. El es dueño y señor de los cielos.

    Responder

Deja un comentario