TOMÁS MOJARRO
TOMÁS MOJARRO

Tiende la tarde el silencioso manto – de albos vapores y húmedas neblinas – Y los valles y lagos y colinas – mudos deponen su divino encanto.

Humor inestable de Madre Natura, que debe andar en sus días premenstruales o ya con síntomas de menopausia, porque así trae a sus hijos en el total desatino. ¿Por qué hace su agosto con estos calores,  fríos invernales, veraniegas tormentas y ventiscas que encelan  a un sol como toro en brama?

Recuerdo, a todo esto, el ventarrón que sacudió aquella tarde que se me tornó inolvidable. Llegó de mal humor, emberrinchado, embistiendo todo a su paso, y esto fue derribar árboles, cerrar de golpe ventanas y puertas y secuestrar la energía eléctrica de mi arrabal. Yo, que en la internet viajaba por tierras de la  Palestina apuñalada por los halcones de Israel, me sobresalté: ¿y ese estrépito? ¿Los terroristas al por menor que así responden al terrorismo imperial? Cohetones en La Porciúncula.

Desde el mediodía se insinuaba el rezongo climático, con aquel calorón que parecía resuello de un soterrado don Goyo y que mantenía la ciudad en rescoldo. En el bochorno del alto sol, los pulmones de la megalópolis con fuelles recalentados: allá, la manada de sirenas en brama que serían de patrullas, que serían de ambulancias, vaya Dios a saber. Y aquel jadear de motores sobreexcitados, y el llanto de la Caribe, que los rapaces de lo ajeno, no pudiendo raptársela, abandonaron despeinada y doliéndose a gritos desde todas sus alarmas. Yo, churretes y goterones que desembocaban en el Estrecho de mis Dardanelos, por la internet navegaba por esos mundos, doliéndome al ver los tableros de ajedrez,  Donald contra el mundo y jugando las piezas negras,  tintas en sangre, pobreza y dolor. Líbano, Irak, la desdichada Iberoamérica de Bolívar, que por negarse a escuchar a Martí ahora tiene que soportar a los genocidas de Washington. Acá, golpeado, befado, humillado, nuestro país (¿Nuestro?)   De repente:

A oscuras me fui a quedar, apretando el ratón en la mano, y  qué hacer, sino revisar el texto de cierta presunta  Carta de Adolfo López Mateos a la Patria, que cayó en mi correo y de cuya autenticidad no salgo garante. Palabras sabias, premonitorias, una lúcida profecía en que prevenía a los mexicanos sobre el peligro de que algún vendepatrias viniese a malbaratar los bienes de la nación, y concretamente petróleo y energía eléctrica. Aquí el texto presuntamente leído en el acto de la nacionalización de la Industria Eléctrica, el 27 de septiembre de 1960:

Pueblo de México. Les devuelvo la energía eléctrica, que es de la exclusiva propiedad de la Nación, pero no se confíen porque en años futuros algunos malos mexicanos identificados con las peores causas del país intentarán por medios sutiles entregar de nuevo el petróleo y nuestros recursos a los inversionistas extranjeros. Ni un paso atrás, fue la consigna de Don Lázaro Cárdenas del Río al nacionalizar nuestro petróleo. Hoy le tocó por fortuna a la energía eléctrica. Pueblo de México, los dispenso de toda obediencia a sus futuros gobernantes que pretendan entregar nuestros recursos energéticos a intereses ajenos a la Nación que conformamos. Una cosa obvia es que México requiere de varios años de evolución tecnológica y una eficiencia administrativa para lograr nuestra independencia energética; sería necio afirmar que México no requiere de la capacitación tecnológica en materia eléctrica y petrolera. Pero para ello ningún extranjero necesita convertirse en accionista de las empresas públicas para apoyarnos. Solo un traidor entrega su país a los extranjeros.

(Mañana.)


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