ARMANDO FUENTES "CATÓN"
ARMANDO FUENTES "CATÓN"

“… Desde su último ‘no’; Napoleón está encantador. Es un Mefistófeles…

Quizá me consideres exagerada, pero esto me recuerda el Apocalipsis, y esta Babilonia (París) se ajusta por completo a la idea. Más de un descreído llegaría a creer en Dios viendo al diablo tan cerca… Yo creo que debes librarte lo más pronto posible de sus garras… Debes librarte de la influencia directa de este infierno…

Permanece el mayor tiempo posible (sin abdicar), pues una vez desaparecido el infierno se podrá crear en México un gran imperio, y eso lo podemos hacer nosotros.”

Carlota estaba loca ya. No es culpable por haber impedido la renuncia de Maximiliano. Se le ha tachado de ambiciosa y soberbia; se ha dicho que por su culpa Maximiliano siguió en México en vez de salir inmediatamente después de que Carlota supo que Francia le retiraría su apoyo. Tal acusación es injusta. La verdad es que a emperatriz no estaba ya en sus cabales. Creía sinceramente -y literalmente- que en Napoleón había encarnado el espíritu del mal. Oyó en su niñez la leyenda de que Napoleón Primero era el Anticristo, y ahora veía la misma fuerza maligna en su sobrino. Para Carlota la permanencia de Maximiliano en el trono de México era la lucha del bien contra el mal, combate en el cual el bien triunfaría al fin y al cabo.

Las primeras señas de locura aparecieron en la mirada de Carlota. Sus ojos brillaban como los de un enfermo de calentura; grandes ojeras ensombrecían su rostro pálido, pues se pasaba las noches sin dormir. Concibió un odio feroz contra Napoleón; continuamente decía cosas horribles acerca de él. Aseguraba que tanto Napoleón como Eugenia trataron de envenenarla cuando los visitó en Saint Cloud. El jugo de naranja y el vaso de agua que le ofrecieron, decía, eran veneno.

A petición de Eugenia el príncipe Metternich visitó a Carlota, y recibió una tremenda impresión al verla: andaba despeinada y sin arreglar; decía incoherencias; volvía los ojos a todas partes, asustada. En un momento de la conversación preguntó a Metternich si sabía algo acerca de una conspiración para matarla.

El príncipe trató de calmarla. Le dijo que fuera a Viena, donde seguramente la familia de Maximiliano la recibiría con cariño. Ella rio histéricamente. Cuando Metternich relató a Eugenia los pormenores de aquella visita la emperatriz se echó a llorar.

Días después Carlota se dispuso a abandonar París.

-¿A dónde iremos, señora? -le preguntó angustiada la condesa Barrio- peor.

-A Roma, Manolita -respondió la emperatriz-. A ver al Papa. Hemos estado en el infierno. Vamos ahora al cielo.

No sabía Carlota que en Roma la aguardaba un infierno aun


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