LILIANA MÉNDEZ | NTRZACATECAS.COM
LILIANA MÉNDEZ | NTRZACATECAS.COM

 

“Las descripciones que haces en Donde deben estar las catedrales me intrigaron. La curiosidad que sentía al pasar las páginas era cada vez mayor, así que tomé las llaves y conduje hacia Tepetongo. Al llegar al centro del pueblo pude ver una plaza y frente a ella una iglesia, tal y como las describiste”

 

Epístolas

 

 

15 de noviembre de 2017

Zacatecas, capital.

 

 

Apreciado Severino (Tepetongo, Zacatecas; 1947-2005), hace unos días por fin pude terminar de leer una de tus novelas; Donde deben estar las catedrales (Random House Mondadori, 2005) lleva por título. Supe que sería una lectura de mi agrado al darme cuenta de que las páginas pasaban y pasaban sin apenas ser consciente de ello. Sinceramente, de no ser por una de las clases que curso, creo que nunca hubiera tenido el placer de leerte. Gracias a que tu nombre me resultó gracioso y llamativo, te elegí de entre una lista de autores. No pretendo decir que con tan poco tiempo te conozco a la perfección, sólo he leído una de tus novelas y sé muy poco de tu vida.

Alguna vez dijiste que tu pueblo era una causa perdida, un municipio profanado, podrido; sin embargo, al leerte sólo puedo percibir esa adoración que tratabas de reprimir, pues temías sufrir más decepciones. Desde hace algunos años tengo pensamientos similares al pensar en Zacatecas, pero trato de decirme a mí que su belleza es más grande que su miseria. Me gustaría decirte que todo está bien en nuestro estado, pero las cosas están peor; a cada año que pasa, el pueblo se marchita más.

Las descripciones que haces en Donde deben estar las catedrales me intrigaron. La curiosidad que sentía al pasar las páginas era cada vez mayor, así que tomé las llaves y conduje hacia Tepetongo. Al llegar al centro del pueblo pude ver una plaza y frente a ella una iglesia, tal y como las describiste. Para mi suerte, por ahí pasaba un anciano con ojos curiosos, así que aproveché la oportunidad para preguntarle si el pueblo había cambiado mucho en los últimos 50 años: «está más solo, mientras más gente abandona el pueblo, más narcos entran», dijo. Mi sorpresa fue aún mayor al enterarmede que la iglesia nunca había terminado de remodelarse, a pesar de que en los últimos años surgió la propuesta, tal y como tú lo mencionas en la novela. Conforme pasaban las horas me era más fácil imaginarte en ese pueblito, interactuando con tus personajes, donde todo comenzó. Y, al anochecer la luna era clara y cercana, aquella que Crescencio, tu personaje, miraba constantemente. Me hubiese gustado preguntarte acerca del destino, el tiempo, la muerte. Hablar sobre el sentido de la vida, la soledad y de las catedrales que tanto te obsesionaban.

Al caminar por las calles de tu pueblo, de algún modo pude sentirme más cercana a ti o, al menos, percibir que te comprendía e imaginar que tú me comprendías a mí. Aún tengo muchas dudas, ¿cómo eras a los veintitrés años? ¿Cuáles eran tus miedos e inquietudes? ¿Qué consejo le hubieras ofrecido a una joven que siempre está dudando, como tus personajes? Seguiré leyéndote, y tal vez, de este modo logre encontrar una respuesta.

Me despido

P.D. Hace dos días me llegó por correo La locura de las flores (Juan Pablos Editor-Conaculta, 2013), otra de tus novelas. Lamentablemente la mayoría de las páginas estaban en blanco. ¿Acaso era un cuaderno? Deberían poner más cuidado al momento de imprimir, tu escritura lo merece.

 

*Estudiante de Letras, en la Universidad Autónoma de Zacatecas


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