MARÍA DEL CARMEN REYES GARCÍA
MARÍA DEL CARMEN REYES GARCÍA

 

 El precio que se paga por una administración de lo cultural sin proyecto es alto, desafortunadamente lo hemos visto, en la falta de continuidad, en una administración vertical cerrada al diálogo, en la mala administración de los espacios, de los recursos. El precio que se paga por una administración de lo cultural sin proyecto es alto, no se diga si no tiene o no busca injerir en la cotidianidad de la sociedad que financia lo público con sus impuestos. No hay que olvidar que el recurso es público, por lo que el beneficio también debe serlo. El precio que se paga por una administración de lo cultural sin proyecto es alto, pues intentar establecer políticas públicas sin fundamento metodológico es gobernar en lo ficticio.

Por eso es que las políticas públicas para la gestión de lo cultural deben estar sustentadas en un proyecto, es decir, partir del conocimiento de una realidad, analizarla, establecer sus necesidades, conocer sus dinámicas, y todavía más allá, actualizar constantemente ese análisis, pues gestionar la cultura, es gestionar algo vivo, que además es parte de la cotidianeidad, las políticas públicas en torno a lo cultural no deben o no debieran de sustentarse en agendas políticas o sólo como un producto que se puede moldear y poner en vitrina para promover el turismo.

La gestión de la cultura no es, o no debiera de ser la gestión del entretenimiento, dejemos de pensar en lo cultural sólo como escaparate del espectáculo, pues en realidad la gestión de la cultura es la gestión de algo más fascinante, trascendental, revitalizante, dinamizador. La cultura mueve a la sociedad, está en todas partes, en nuestro lenguaje, nuestras tradiciones, en nuestra mesa, aun en nuestra economía. La cultura no es un accesorio, no es un lujo, no es opcional.

La cultura no es un espectáculo, no es un museo, no es un festival, se trata de un entramado más complejo, que tiene que ver con la identidad de un pueblo, con sus hábitos y prácticas culturales, con su educación, contexto social, empleo, lenguaje, comida, vestido, tradiciones, usos y costumbres. Mal haríamos si reducimos lo cultural únicamente a la idea de lo artístico, menospreciando lo tradicional, por ejemplo.

El acceso a la cultura es un derecho, no debe de ser opcional, en el sentido de que las personas debieran vivirlo de manera cotidiana. La cultura es el cuarto pilar del desarrollo, o debiera de serlo, según el documento aprobado en 2010 por el Bureau Ejecutivo de Ciudades y Gobiernos Locales Unidos de la UNESCO, en donde se plantea su incorporación al triángulo del desarrollo sostenible (economía, equidad social y medio ambiente); en el entendido de que es la cultura la que “moldea lo que entendemos por desarrollo y determina la forma de actuar de las personas del mundo”.

Por lo que el compromiso de los gobiernos en todos sus estratos de ser el de “integrar la dimensión de la cultura en sus políticas de desarrollo”, lo que se debiera de traducir en el desarrollo de políticas públicas interinstitucionales y multidisciplinares, que la cultura no fuese ajena a la economía, deporte, salud, medio ambiente o seguridad, que la cultura no sea una oficina, secretaría o programa aislado del desarrollo del resto de las políticas públicas, la cultura debe ser una prioridad para cualquier gobierno.

Las instituciones dedicadas a la cultura deben de ensanchar sus funciones y buscar estrategias de presencia en rubros más amplios –claro, y que se les permita hacerlo–, debieran de volverse prioridad de los gobiernos local, estatal y nacional; desafortunadamente, la cultura suele verse como accesoria o decorativa, peor aún, como un gasto, por lo que se vuelve opcional, no sólo para las personas sino para las administraciones, y se ve reflejado en la limitación de los recursos. Pues resulta que sin la transversalidad y teniendo problemáticas apremiantes, como la inseguridad o el desempleo, surge la inminente pregunta ¿cultura para qué? y muchas de las veces no hay respuesta por la falta de ejercicios de diálogo, de voluntades que unan esfuerzos, por la falta de perfiles adecuados en los puestos claves, por la falta de implementación de herramientas y estrategias adecuadas, por falta de una buena administración de recursos y sí, por la sobra de egos y disputas entre grupos de poder.

Pareciera que se ha olvidado, o negado, o dado poca importancia al hecho de que el ser humano es un ser sensorial, que consume información todo el tiempo, que busca imágenes, sonidos, sociabilidades, que cotidianamente busca oportunidades de expresión, somos seres multidimensionales y en este sentido, las políticas públicas se encuentran sesgadas, al darle poca o nula importancia a la dimensión cultural, pues se prioriza el acceso a la salud, formación escolar, alimentación, y la cultura al ser reducida a espectáculo, cae por asociación conceptual, en algo aparentemente innecesario, inaccesible o incluso aburrido.

¿Cuánto vale la cultura? El valor estimado en 2015 alcanzó un monto de 490 mil 446 millones de pesos, es decir 2.9% dentro del PIB total del país. Se podría decir que ése es el valor monetario de la cultura, pero no se podría afirmar que es su valor total, ni siquiera su valor global desde la perspectiva de la economía de la cultura, que se entiende como “la aplicación de la economía a la producción, distribución y consumo de todos los bienes y servicios culturales”, porque no se tiene un registro claro de los indicadores y carecen de una actualización constante, porque no se analizan de manera transversal los ejes involucrados en el proceso, porque no es posible acceder a toda la información para establecer un análisis claro que fundamente un proyecto adecuado a las necesidades, con objetivos claros, estrategias definidas, calendarización de actividades, un balance y beneficiarios claros, todo ello para poder hablar de pertinencia en las Políticas Públicas.

El valor de la cultura no se debe de entender sólo como la llamada “derrama económica” durante un periodo vacacional o un evento masivo, o limitarla sólo al turismo y servicios. La música que suena, la pintura de un museo, la comida en nuestra mesa, la obra de teatro frente a nosotros debe de ser vista como una expresión de la cultura, pues esa expresión es producto de un proceso, su generación, conservación, difusión y consumo está vinculado estrechamente con la educación, la percepción económica, la edad y la seguridad.

Gestionarlos por separado ha tenido terribles consecuencias para Zacatecas, como queda evidenciado en el informe de la Coneval (2014), el cual señala que 76.7% de la población del estado tiene al menos una carencia social, que puede estar entre: rezago educativo (21.6%), carencia por acceso a los servicios de salud (14.9 %), carencia por acceso a la seguridad social (63.4%), carencia por calidad y espacios en la vivienda (13.3%) o carencia por acceso a la alimentación (16.8%). Y 26.7 % de la población tiene un ingreso inferior a la línea de bienestar mínimo y 59.7% inferior a la línea de bienestar.

Aunque la emisión cultural continúe aumentando en calidad y/o cantidad, las condiciones de vida del habitante promedio no lo hacen, y la cultura, bienestar y educación se encuentran estrechamente vinculados; la transversalidad consiste en entender que la inversión que se haga en cultura repercutirá favorablemente en la baja de índices de delincuencia y criminalidad, en el aumento de calidad de vida y productividad. Se trata de mejorar el contexto, que es el que forma o deforma a los habitantes, y no de militarizar o invertir en armas. Se trata de consultar los indicadores para planificar y decidir, no sólo para llenar informes.

 

*Licenciada y Maestra en Historia por la Unidad Académica de Historia UAZ. Con Máster en Turismo Cultural por la Universitat de Girona, España. Socio fundador y activo de la Asociación de Historiadores Elías Amador. Consultor/Analista en Finestra. Gestoría Cultural.

Contacto: maria.del.carmen.reyes.garcia@gmail.com

http://finestra-gestoriacultural.blogspot.mx/


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