Francisco Leandro*
Francisco Leandro*

—Oiga ¿Tiene fiesta?

—No, así me gusta escuchar la música…

(Chiste malo y viejo en el ambiente de los tenderos. Entiéndase “tenderos” por los comerciantes de abarrotes, ya que ahora le dan diferentes acepciones a la palabra)

En mi casa había una mochila con publicidad de los cigarros Fiesta, misma que era muy parecida a la que servía como adaptador del sillón de peluquería, para cuando los papás nos llevaban a los niños con Núñez, solamente que ésa era roja y traía anunciadas las “pilas del gatito” (Eveready, por aquello de los puristas), ah, y la de mi casa olía a ropa húmeda, ya que era la que nos llevábamos al vapor de los Baños San José.

En mi caso siempre preferían que me lo cortara el “señor grande”; no sé, supondría mi mamá que era el de más experiencia, tal vez apostaba por la antiquísima creencia de que las cicatrices físicas significan camino recorrido. Él tenía una marca en su codo, parecía de alguna quemadura, la dejaba ver cuando usaba el cuero para asentar la navaja.

Entrar a la peluquería era toda una odisea, era bastante concurrida, si tenías suerte podías “agarrar lugar” y ocupar una de las sillas color rojo; por cierto, eran muy parecidas a las de la birriería de Quijano, y si mal no recuerdo llevan una marca que dice Romo.

Las cuatro paredes tenían espejos, que te daban la oportunidad de ver las caras de los que seguían en la fila, había miradas sospechosas y disimuladas, porque déjeme decirle que desde tiempos inmemorables han existido los gandallas que dicen: “No, sigo yo, yo llegué primero”.

La mesa de revistas contaba con publicaciones de todo tipo y antigüedad, desde las que presentaban a Sasha Montenegro con poca ropa, hasta la que hablaba del “Negro Durazo” y el odio que se buscó por distintos puntos del país, ah, y de cuando Caro Quintero fue traicionado.

También volaban las revistas, de repente ya no alcanzabas, a veces solamente dejaban un Libro Vaquero todo deshojado, o una historieta de Capulina.

“El que sigue”, gritaba el señor mientras sacudía la sabana blanca que en realidad no servía de mucho, porque siempre terminabas lleno de cabello.

Pasabas, ocupabas el sillón vintage mientras el olor a alcohol y el de talco de bebé se mezclaban para darle esencia al lugar, cuando percibías eso podías pensar: “Ya chingué, ya sigo yo”.

Por cierto, tuve la oportunidad de experimentar en otras peluquerías, y desde el momento que me daba cuenta de que no era talco Mennen o brillantina Palmolive, empezaba a sentir culpa y nostalgia, entonces regresaba a la Juan de Tolosa.

Volteabas a los lados, y arriba de los espejos veías ilustraciones como hechas a lápiz o carboncillo, de cortes flat top, o de “cero con copete”, este último era el que me tocaba, aunque no quisiera, aaah, porque también había papás ahorrativos de tiempo y dinero que pedían sin patilla “pa’ no batallar”.

Si volteabas para abajo, podías ver los pulcros zapatos blancos del peluquero, que parecía que estaban arreglados con Blanqueador Amberes, mismo que la vieja práctica dictaba aplicarlo con el dedo índice.

Cuidado que se te ocurriera bajar o mover la cabeza antes de tiempo, porque te acomodaban un chingadazo con las tijeras Barrilito, así como no queriendo.

Al final de todo el ritual venía la parte temida o disfrutada: la rasurada. La navaja empezaba a darle forma al corte, cuando el “don” estaba de buenas te preguntaba si lo querías redondo o cuadrado de atrás, eso ya era decisión de los papás. Uno no tenía voz ni voto.

La aplicación de alcohol con fines sanitizantes tuvo una especie de evolución, ya que en un inicio era con las manos, sentías ardor por las partes afeitadas; después, con el paso del tiempo, las cosas cambiaron. Cuando escuchabas: “cierre los ojos”, es porque ya venía el chorro de alcohol de una especie de atomizador.

— “¿Cuánto le debo?”

—Si ya sabe…

Este era el final del ritual, mientras el recién peinado metía sus manos a los bolsillos y el digno y contento ejecutante sacudía la sábana blanca y gritaba: “¡El que sigue!”

 

*Periodista, El Diario NTR

 

FOTOGRAFÍA: ERIC VERDIER  (https://www.facebook.com/eric.verdier.583/posts/1372487199455896)

 

 

 

 

 

 

 


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