Sergio Sarmiento
Sergio Sarmiento

“El deber de los jóvenes es cuestionar la corrupción.”

Kurt Cobain

 

Es la corrupción, estúpido. En esta ocasión no es la economía. Tampoco las reformas estructurales. Ni siquiera las controversias sobre el aborto o los derechos de los homosexuales han incidido. El tema que está definiendo esta elección es la corrupción. Los comicios de este 2018 se han convertido en un gran referéndum sobre el gobierno de Enrique Peña Nieto, quien según la última encuesta de Reforma (15 de febrero) tiene una aprobación de sólo 19 por ciento, la más baja en la historia para un presidente a estas alturas del sexenio. Sólo el 8 por ciento de la población considera que el país va por buen camino. El PRI es hoy el partido por el que más ciudadanos nunca votarían (47 por ciento). La percepción de corrupción ha tenido un papel fundamental en esta actitud. México sigue cayendo en el índice de percepción de la corrupción de Transparencia Internacional. Este año perdió solo un punto en la calificación, de 30 a 29, pero bajó seis lugares en la lista por segundo año consecutivo. Hoy ocupa el lugar 135 del mundo en un índice que incluye a 180 países. México está en buen lugar en el Índice de Transparencia Presupuestaria de la Open Budget Partnership, sexto de 102 países, lo cual sugiere que la transparencia por sí sola no genera una percepción de menor corrupción. Quizá parte del problema radique en la misma transparencia y en el papel cada vez más activo de investigadores independientes, como los de Mexicanos contra la Corrupción y la Impunidad, que aprovechan una mayor libertad en los medios para dar a conocer sus resultados. Tenemos ahora los casos señalados por la Auditoría Superior de la Federación de miles de millones de pesos desviados de Sedesol y Sedatu entre 2014 y 2016 a empresas fantasma. Antes la atención pública se concentraba en gobernadores como Javier y César Duarte y Roberto Borge. Hay un enojo en la población. México no es el único país que ha sufrido esta actitud. También en Estados Unidos se ha manifestado y permitió el triunfo inverosímil de Donald Trump en la elección de 2016. La situación es similar a la que prevalecía en Venezuela en 1998 y que llevó al triunfo de Hugo Chávez ante el desencanto con los partidos tradicionales. José Antonio Meade, un funcionario público considerado, probó por quienes lo conocen, que no es miembro de ningún partido y que nunca ha contendido por un cargo de elección popular, fue visto por el presidente Peña Nieto como un candidato ideal para enfrentar la incredulidad popular. La estrategia; sin embargo, no ha funcionado. Sólo 6 por ciento de los encuestados por Reforma dicen que Meade “robaría menos”. En cambio, 32 por ciento aplican esta frase a Andrés Manuel. A pesar de las acusaciones que ha recibido en esta campaña, y que él atribuye directamente al PRI, Ricardo Anaya ha entendido este hartazgo. En lugar de ofrecer propuestas de gobierno, se ha concentrado en denunciar al partido en el gobierno. “Hemos sacado al PRI corrupto de Los Pinos y hemos metido a los culpables a la cárcel” dice el spot que se difunde en esta intercampaña. La fórmula parece estar funcionando. Anaya se consolida en el segundo lugar y se perfila como el rival a vencer de López Obrador. La corrupción se ha convertido en el tema fundamental de esta campaña. Hay quien dice que es un problema de percepción y no de realidad. Quizá. Pero aun así, esta percepción le está costando muy cara al PRI.

 

Estado débil

Tenemos un Estado débil. Un intento de desarmar a “policías comunitarios” por marinos y agentes judiciales llevó ayer a un bloqueo de la carretera federal Chilpancingo–Acapulco en Xaltianguis. Nadie se atreve ya a hacer nada contra los bloqueos. Como los marinos y policías detuvieron a un comunitario, los rebeldes secuestraron a un agente.

 

Twitter: @SergioSarmiento


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